SINGULARIDADES DEL HABLA DE MAZARIEGOS

 

RASTREOS Y EXPLICACIONES   

            Trabajo publicado en la Revista Local "LA TRÉBEDE", de Mazariegos por el periodista y académico de la Institución "Tello Téllez de Meneses" de Palencia, Gonzalo Ortega Aragón, desde enero de 1989 hasta finales de 1991.

            Señala el autor que, en algunos casos, esos giros, esos vocablos utilizados en Mazariegos, de forma un tanto antiacadémica, son fácilmente comprensibles, por tratarse simplemente de vulgarismos y, por tanto, repetidos en otros lugares, incluso por gentes de la capital.

            Otras veces, el uso de esas palabras raras o malformadas se circunscribe únicamente al ámbito local o comarcal. Y, por ello, toman una peculiaridad más interesante desde el punto de vista lingüístico, y una rareza más llamativa, al desconocerse su manejo en otros ámbitos provinciales y, por tanto, nacionales.

            Sin establecer orden ninguno, éstos son algunos de los dichos observados:

PERA.- Una curiosidad, de uso no habitual, pero sí frecuente, es la del sustantivo pera para llamar a las manzanas. Esta pobreza de vocabulario frutal parece ser que viene de lejos, porque son las personas mayores las que manejan esta ambivalencia. Las gentes más jóvenes utilizan algunas veces todavía la denominación incorrecta, pero generalmente usan ya el término manzana con precisión.

            El haber denominado a la manzana pera, al referirse tanto a esta fruta como a la mencionada manzana, da lugar a un mimetismo inconsciente, pero se está corrigiendo por la mayor altura cultural y el conocimiento del cultivo de la manzana.

TÍO.- Otra curiosidad local es el uso de la apelación tío y tía para referirse a los suegros. Se oye con asiduidad, y a las personas que no estábamos acostumbradas a tal uso nos producía una radical confusión.

            El uso correcto de tío indica que así se llaman los hermanos de los padres, tíos carnales, o los primos de los progenitores, que se denominarán tíos segundos, terceros, etc…, según el grado de parentesco. También se ha generalizado el uso de tío-tía para referirse a los padrastros. El hecho de que se utilice también la palabra suegro-suegra correctamente, junto a los frecuentes tío-a, hace más extraño este uso, que no es exclusivo de Mazariegos, sino que también se da en otros lugares de la provincia y fuera de ella. Sin embargo, en los pueblos cercanos no se utiliza tío-a para referirse a los suegros.

            La única explicación que cabe para esta anomalía es de índole social: en una sociedad, como era la de ámbito rural, los parentescos tenían una enorme fuerza afectiva y de relación; el suegro y la suegra pasaban a formar parte de ese círculo de familiares, en el que la relación más frecuente era la de tío – sobrino. Y como el suegro y la suegra quedaban vinculados familiarmente al nuevo casado, esa relación generalizada de la familia también se aplicaba a ellos, que pasaban a ser unos tíos más.

            El triunfo de la acepción de suegro para la palabra tío hay que buscarlo también en la misma palabra suegro-a, que a veces cobra un sentido peyorativo y, desde luego suena un tanto extrañamente en el sencillo vocabulario doméstico. Por otra parte, desde edades mínimas se familiarizaba la gente con con la palabra tío y la existencia de esa relación de parentesco; uno tenía tíos toda la vida y, por tanto, chocaría el uso de una palabra nueva para referirse a una relación familiar; era romper una monotonía léxica; era, quizá, añadir más efectividad a relación. Pero era también una imprecisión que podía dar origen a equívocos y hasta inevitables confusiones.

            Y lo curioso es que, si se utiliza con frecuencia el tío-a para referirse a los propios suegros, no hay correspondencia recíproca, porque no suelen los suegros llamar sobrinos al yerno y la nuera.

PANILLA.- Es curioso el traslado del uso de una palabra que significaba antiguamente una medida de capacidad para aceites a una supuesta medida en el juego del mus, en Mazariegos. La panilla, como medida de aceite, equivalía a un cuarto de libra, aproximadamente la cuarta parte de lo que hoy es medio litro, o sea un octavo de litro. A su vez, la panilla valía cuatro onzas. Era, pues, una medida intermedia.

            En el juego del mus, la contabilidad se hace a base de tantos o titos, juegos y partidas. De forma muy parecida a como se contabiliza el tanteo de ciertos deportes, como el tenis y el voleibol, donde se dan resultados parciales hasta el final del encuentro.

            El traslado de significado de panilla, que de un cuarto de libra de aceite pasa a significar un juego en la partida de mus, es en sí chocante. Pero entra dentro de la habitual mecánica de estos traslados significativos, sobre todo en el habla popular. Recuérdese el uso de kilo para referirse a un millón de pesetas, unidad monetaria; el frecuente uso de tonelada, metafóricamente, por cualquier cantidad grande. Y hasta las palabras real o cuarto, medidas monetarias menores, se han desviado hoy a un significado moral o físico, después de caer en desuso oficial el sistema de monedas.

            La explicación, pues, del curioso uso de panilla en Mazariegos vendría dada por este habitual traslado de las acepciones de medidas. Y, seguramente, por un hecho casual. Es decir, que ese uso antiguo de panilla como una parte de la medida habitual, como algo parcial, quedaría en el recuerdo de los más viejos. Y al popularizarse el juego del mus, alguien, con esa perspicacia que se da a veces en la mente popular, trasladó la denominación al juego, con unas perfectas equivalencias.

           Hay que recordar, al respecto, que en el juego del mus se ha dado seguramente uno de los lenguajes más traslaticios, abundantes y estrafalarios. Donde se envida con múltiples expresiones y se hecha un órdago con las más variopintas frases.

BONJA.- Se utiliza para significar ampolla que aparece en la mano, más frecuentemente, por el roce constante de alguna herramienta. La palabra correcta es “boja”, que está documentada como vocablo antiguo, usada especialmente en una comarca que abarcaría parte de la provincia de Palencia y de la de Valladolid.

            Bonja es una palabra que también oí por primera vez en Mazariegos –dice Ortega Aragón-; pero que luego, al rastrear algunos léxicos locales, he podido constatar en otros lugares del contorno.

            Queda dicho que la palabra original es “boja”; que significa etimológicamente brote, retoño, en relación con planta y con la palabra catalana botja. Boja en el sentido de ampolla, póstula, ya se documenta a principios del siglo XVII. Y todo parece indicar que se trata de un traslado metafórico de significado, ya que la boja sería un brote, en la superficie de la mano, como lo son las yemas en las superficies de los tallos.

            El hecho de que en Mazariegos y en otros lugares se diga bonja, se debe, sin duda, a la influencia de la palabra monja, muy popular en el lenguaje y de cierta sonoridad. Boja, por antigüedad y hasta por su cierto exotismo, apenas dice nada a sus utilizadores; es una palabra un tanto inexpresiva, poco gráfica y, por otra parte, acorralada ya por el uso de otras palabras sinónimas más corrientes, más identificadoras.

            Ante esta escasa entidad del vocablo, la influencia de monja es determinante y obliga a asimilar el boja como un bonja, más rotundo, más cercano al léxico popular y hasta con cierta onomatopeya de redondez, de abultamiento.

PARRO.- Palabra que se utiliza en Mazariegos para referirse a los patos salvajes, gansos o ánsares que tradicionalmente se criaron en la laguna de la Nava y que aún habitan en sus parajes, aprovechando las aguas del Valdeginate encauzado, algunas charcas y arroyones de abundante caudal.

            Puedo decir que nunca había oído este vocablo, hasta mis contactos habituales con las gentes de Mazariegos. Y no porque no hubiese tenido referencias sobre estos animales, tanto habladas como escritas. Siempre vi utilizar el vocablo pato, con los apelativos correspondientes para distinguir los domésticos de los salvajes.

            En Mazariegos, al menos entre la gente de cierta edad, suele utilizarse siempre la palabra parro, que luego he oído también en algunos pueblos cercanos. Curioso vulgarismo, cuando existe un vocablo equivalente mucho más académico y generalizado. Los lingüistas consideran la palabra parro como un vocablo imitativo de la voz del animal. Precisamente en relación con el parro está también el sonido que hace el cazador para llamar a estos animales. Con el nominal pato y con la voz onomatopéyica de sus ruidos, se estructura el vocablo parro, que, como se ve, predomina en algunas zonas donde el animal es muy abundante y donde son, por tanto, familiares sus voces propias y las imitativas de los cazadores o curiosos.

            La acción de emitir sonidos el pato se expresa con el verbo parpar, que es fácilmente relacionable con ese ruido. Por procedimiento semejante, en la zona de Tras os Montes de Portugal, se fijan los vocablos parro y parra para referirse a pato y pata. Y en gallego se utiliza, con el mismo significado.

            No es la primera vez que ocurre en castellano que el sonido característico de un animal termina por configurar el vocablo que denomina a ese animal. Recuérdese que la palabra perro es exclusiva del castellano y no tiene ningún antecedente etimológico en latín, porque se estructuró a base de la voz que utiliza el pastor para ordenar al perro ciertos lances en el cuidado de las ovejas.

            Igualmente habría que recordar la palabra grajo, que es imitativa de la voz de este ave. Aunque en este caso hay que admitir que la composición onomatopéyica del vocablo es originariamente latina, de donde se deriva la castellana.

            ZAGUAL.- Es un vulgarismo, por zaguán. Por tanto, el uso de la palabra zagual no es académico. Se trata de una confusión consonántica, que cambia la ene final por una ele. El fenómeno se produce, sin duda, por la atracción de otras palabras, que tienen semejanza fónica o de significado. Concretamente, habría que tener en cuenta el influjo del vocablo zagal, muy próximo en componentes fónicos y que termina en ele; y de la palabra portal, con equivalencia de significado.

            Zaguán es una palabra de origen árabe, que inicialmente se documenta en castellano como azaguán, con la iniciación az-, característica del árabe. Luego en castellano perdió la a- inicial átona para quedar en el actual zaguán.

            Zaguán significa portal pequeño de entrada a una casa. Es pues, el pórtico de la casa, el preportal o vestíbulo. Esta pieza de la casa ha sido frecuente en Mazariegos y lo es cada vez más, por el valor abrigador que tiene ese portalejo, que impide que la puerta de acceso al interior de la casa esté en contacto con la calle, excesivamente fría o excesivamente calurosa por estos pagos.

            Ya he dicho que la atracción de zagal, un vocablo muy popular, y en el eco del portal, de parecido significado, dan origen a ese confusionismo consonántico, muy corriente en el lenguaje hablado y del que están plagados los vocabularios populares. Recuérdese que un caso semejante ocurría con el bonja = boja, por la atracción del popularísimo monja.

SOFALDAR.- Este vocablo es correcto, académico. Y si lo traemos aquí es por su rareza, ya que casi ha caído en desuso, por esa tendencia empobrecedora del habla a utilizar palabras comodines, a veces poco concretas, dejando a un lado vocablos con significados mucho más concretos, específicos.

            Sofaldar, originariamente, significa levantar las faldas, mirar debajo (sub=so) de las faldas. Por extensión pasó a significar levantar cualquier clase de tela, para descubrir algo. Hay que recordar que los vuelos de una mesa camilla o los de una colcha de cama también se llaman faldas o faldones.

            Entonces, en la limpieza de una casa, para limpiar debajo de las camas o bajo las mesas o sofás, hay que levantar las faldillas que cubren estos muebles: hay que sofaldar. De este significado simple, sofaldar pasó a otro más extenso, que comprende tanto la acción de levantar los faldones como la de limpiar debajo de ellos. Así pues, sofaldar denominaba una labor específica del ama de casa. Si todos los días se hacían limpiezas rutinarias en la casa, periódicamente se sofaldaba, es decir, se hacía una limpieza a fondo, por debajo de las faldillas y otros tejidos colgantes. E incluso el vocablo se extendió para significar cualquier manipulación de montones de ropas o telas, entre las que hay que levantar unas para llegar a otras.

CORRUTO.- Este participio adjetivado es un vulgarismo por corrupto. Como se ve, la forma vulgar prescinde de la p ante la t, por una simple tendencia a hacer más fácil la pronunciación y así evitar ese grupo consonántico –pt-, que exige cieto esfuerzo en la dicción. El significado que se da a corruto en Mazariegos es el de soberbio, creído, poseído, engreído. Tiene, pues, un significado metafórico, ya que no se usa para referirse a lo que inicialmente significa, que es corrompido, en sentido material.

            Corrupto es un cultismo, considerado ahora como participio irregular de corromper, cuya forma participial regular es corrompido. Del corrupto se significó en corruto, siguiendo una tendencia ya normal en el castellano de evitar esos grupos consonánticos, ya que no aparecen en palabras como escrito, del latín scriptum.

Nunca había oído tal palabra hasta familiarizarme con gentes de Mazariegos. Pero tengo noticias de que en pueblos cercanos se usa ese mismo corruto, pero con otro significado. Con corruto se refieren a algo ya muy sabido, muy manido, como pasado de novedad. Concretamente, cuando alguien pretende dar una noticia, un chismorreo, una habladuría, con la intención de primicia, el interlocutor le responderá que eso es ya corruto, si tal novedad ya ha sido muy divulgada, está muy extendida. En este caso, es posible que haya que hablar de un cruce entre corrupto y corrido; cuyos significados y vocablos se amalgaman para la expresión concreta de noticia muy corrida, muy pasada, muy corrompida, no nueva.

            Siguiendo esa tendencia a evitar los grupos consonánticos, también he oído en Mazariegos corrución y corrutela ya con sus significados propios y siguiendo la corriente vulgarizante de simplificar sonidos difíciles.

BARAJEAR.- Forma vulgar por barajar, no exclusiva ni siquiera característica de Mazariegos, porque la he oído en muy diversos pueblos y aún en ciertos ambientes urbanos. Pero sí hay que dejar constancia de ella porque intuyo que ha debido de ser bastante corriente en el habla de este pueblo, ya que, sobre todo entre la gente mayor, aún se utiliza con frecuencia. Este vulgarismo de barajear se produce por la epéntesis de una –e- ante la terminación verbal –ar. Y se produce por la atracción de otros verbos corrientes con final en –ear, como pasear, acarrear, pastorear, tantear, etc… De todas formas, hay que recordar el significante generalmente extensivo que tienen las formas verbales en –ear, es decir, que se refieren a una acción que no se produce en un momento, sino que se prolonga durante algún tiempo; así, pastorear significa cuidar las ovejas continuamente, durante todo el día; acarrear se refería a la faena de una temporada, de transportar mies; pasear también tiene ese significado de acción prolongada, en contra de la acción momentánea que significa pasar, que tiene la misma etimología.

            Estos verbos de acción extendida o acumulada han atraído a otros  que terminan en –ar, pero que en su significado también apuntan acciones de factura progresiva, acumulativa, sostenida. Entonces se produce el fenómeno epentético, es decir, esa aparición irregular de la –e- ante –ar. Y así se dice barajar, palanquear, canturrear, holgazanear, formas alguna que han sido admitidas académicamente por expresar algo diferente.

            Un fenómeno parecido se produce con el verbo cambiar, del que he oído también en Mazariegos la forma vulgar “cambear”. Cambear sería otra atracción, otra asimilación a las formas en –ear; sólo que aquí, en vez de epéntesis, aparición de vocal, lo que ha sucedido, ha sido una desaparición del diptongo, produciéndose una diéresis, es decir, la coexistencia de dos vocales que no forman diptongo sino que cada una pertenece a sílaba distinta.

            Lo curioso es que, si barajear se explica porque la acción se prolonga cierto tiempo, no se explica mucho la forma de cambear, que carece de sentido extendido. Pero hay que tener en cuenta que los fenómenos de vulgarización de la lengua se producen inconscientemente, por lo que las reglas a veces se quiebran, fallan o se entrecruzan con otras, originando ultracuriosidades, extrañas derivaciones que se salen de una mecánica más o menos admitida y comprendida.              

CAÑIBÚ O CANIBÚ.- Con este extraño nombre suele denominarse en Mazariegos al pequeño cauce canalizado del río Valdeginate, en sus zonas más estrechas. También he oído algunas veces esta palabra para referirse a los albañales descubiertos que existían o existen en algunos corrales y establos.

Hasta mis habituales contactos con las gentes de Mazariegos no había oído tal palabra. Me llamó enseguida la atención y, por más que he rebuscado en diccionarios oficiales o especializados, no he logrado encontrarla, ni aún por referencias populares. Solamente en un trabajo sobre aportaciones lexicales del habla de Paredes de Nava, de María Ángeles Helgueras, se recoge esta palabra, con muy parecidos significados a los de Mazariegos. De este dato podría deducirse que el vocablo es frecuente en esta zona de Tierra de Campos. Precisamente de Paredes de Nava la recoge también F. Roberto Regaliza en “Vocabulario Palentino”, donde se da al vocablo, como primera acepción, el significado de sección del fondo de pequeños desagües, para que corra el agua cuando hay poca.

Este significado parece el propio de canibú. De hecho, el río Valdeginate tiene un ancho encauzamiento de tierra, como un auténtico río caudaloso; pero tiene luego, en su fondo, una canalización pequeña, hecha de hormigón, por donde discurre normalmente el agua fuera de los periodos de esporádicas crecidas. A esta pequeña canalización es a la que se denomina canibú.

Está claro, pues, que canibú es un vocablo no académico, de uso popular, cuya raíz entronca con canal, porque a una canalización se refiere. Una canalización hecha precisamente para desecar, para desaguar, que es para lo que se canalizó en su doble forma el Valdeginate y otros ríos que desembocaban en la Nava.

 Más difícil es explicar la terminación del vocablo, totalmente fuera de toda derivación normal. Por lo que hay que pensar en un “invento” popular, con una intencionada carga despectiva. El enorme cauce abierto para desaguar la laguna, el recuerdo de canales mucho más grandes y la masa de agua que se intentaba canalizar contrarrestaron, sin duda, con ese canalillo arroyero de cemento armado, donde se iba a concentrar la corriente normal del río, su fauna y su flora. Aquello, pues, no era un canal, era una canalización casi ridícula, un simple canalillo, al que alguien terminó llamando canibú y, luego por eco de caña, cañibú.

 Al respecto, tengo que recordar que es bastante frecuente que el habla popular recurra a exóticas, rarísimas terminaciones, para denominar despectivamente a una persona o cosa. Por ejemplo, a un francés se le llama franchute y a un pianista piticlín. A una muchacha gachí y un disimulo el paripé.

 Recordamos, finalmente, que las obras de desecación de la Nava concentraron técnicos y mano de obra de diversa procedencia; y en ese ambiente es muy fácil que se imiten, mal o bien, vocablos raros, que se inventen otros, y que se hagan furor popular las gracias lingüísticas de algún imaginativo parlador sin escrúpulos.

CILLA.- Es una palabra correcta, pero muy poco usada actualmente. Por eso me sorprendió que en Mazariegos se conservase para denominar el edificio que, efectivamente, fue antigua cilla o panera donde se guardaban los granos de la recolección de los diezmos.

 Aunque conocía la palabra, su uso se había delimitado ya a referencias documentales, donde con frecuencia se encuentra el vocablo, cuando se habla de la recaudación de los tributos normales que se pagaban al rey o a la iglesia. Lo curioso fue hallarla en el vocabulario normal del pueblo, referida tanto a la casona como a la calle que la bordea. A pesar del uso general del vocablo, las gentes de Mazariegos, en su mayoría, desconocen el significado de la palabra.

 Cilla viene del latín “cella”, que significaba también granero, despensa. De ese mismo origen es la palabra celda, que se atiene a otro significado de “cella”, que era cuarto pequeño, habitación individual.

 Así, pues, cilla no es más que una normal derivación del latín, que se conservó, sobre todo en el estamento religioso. Por eso, el vocablo cilla ya se circunscribió, desde la Edad Media, sobre todo al vocabulario eclesiástico. Y cilla se llamó a la despensa de los monasterios y cillero al monje que cuidaba y administraba la despensa monacal. Y cilla se llamó a la panera que, en cada pueblo, levantó la iglesia para recoger los granos de los diezmos.

 He dicho que en cada pueblo solía haber una cilla. Y aún se conservan estos edificios en muchísimos lugares. Solo que, al desaparecer su función en el siglo XIX, estos edificios se destinaron a muy diversos fines o tuvieron una aplicación muy variada. En algunos sitios, pasaron a ser pósitos; en muchos cayeron en manos de particulares, con utilidad de panera; en otros se convirtieron en casas rectorales, es decir viviendas del párroco; y en muchas ocasiones desparecieron tras su venta o después de una ruina. He visto algunas convertidas en cocheras y otras terminaron en mesones de magnífico aspecto.

 Con estos fines, los edificios de las cillas suelen denominarse hoy pósitos, graneros, paneronas o casas parroquiales. En algunos pueblos conservan el nombre de tercias, porque de ellas se extraía o en ellas se conservaba la tercera parte de los diezmos, que iba a parar a la fábrica de la iglesia del lugar.

 Cuando el poblamiento era disperso, solía colocarse la cilla en un lugar central del municipio o de la comarca. De ahí que algunos pueblos conserven el nombre de cilla, porque la panera comunal terminó dando nombre al lugar. En la provincia de Palencia tenemos el caso de Cillamayor, cuya explicación toponímica viene dada por esas razones. La cilla de Mazariegos conserva toda su estructura externa de origen, como gran panera. Puede verse una cimentación sólida, con zócalo de piedra; unas paredes anchísimas, hechas con un tapial-hormigón muy consistente; con refuerzos de piedra de sillería en las esquinas y algunos faldones de las paredes. Tiene, además, la cilla un gran alero muy volado, para preservar al granero de humedades. La cilla, por ser panera tributaria y por el movimiento de entradas y salidas que debía tener, era quizá el edificio civil más importante del pueblo, centro de actividades y popularísimo lugar de referencia. De ahí la grata sorpresa de que en Mazariegos se conserve el nombre del edificio, plagado de historia inconcreta pero muy social y humana.

Nota del editor: En la actualidad, el Ayuntamiento de Mazariegos ha llegado a un acuerdo económico con el Obispado y ha restaurado el edificio de la cilla, conservando toda su estructura externa. Dicho edificio acoge las oficinas municipales, la biblioteca pública, el consultorio médico, los salones parroquiales y las salas de reunión de jubilados y de otras asociaciones. En definitiva, un edificio de usos múltiples, verdadero centro de actividad social y punto de encuentro municipal. Un éxito de la corporación que ha logrado una extraordinaria restauración, siendo el mejor edificio civil de Mazariegos.

RESPADAÑA.- Es un vulgarismo, por espadaña, que es la palabra correcta. La espadaña es una planta tifácea, o sea, propia de lugares lacustres, que tiene hojas semejantes a espadas y un tallo central muy largo, que termina en una mazorca de superficie aterciopelada, cilíndrica y alargada, semejante a un cigarro puro.

Espadaña, pues, se deriva de espada, con referencia a la forma de sus hojas. Como también de espada se deriva, por semejanza de forma, la otra espadaña, con la significación de campanario compuesto por un muro que remata en punta.

La r- inicial que se añade es una prótesis popular, seguramente con la intención de significar abundancia, ya que se denomina respadaña más al conjunto de esta planta que a una sola unidad. El sufijo en “-aña” es frecuente en los nombres de plantas.

La forma vulgar de respadaña no es genuina de Mazariegos y su comarca, sino muy corriente en otros lugares y podría decirse que generalmente usada en el habla popular. Aquí, en Mazariegos, muy usada por abundar esa planta en casi todos los arroyos y desaguaderos, secuela de la flora de la laguna. A este respecto hay que tener en cuenta la fácil propagación de esta planta, que crece sobre todo en aguas estancadas y lugares de humedad permanente.

CHICHURRO.- Aparte del significado muy general de caldo de matanza y materia prima de morcillas, la palabra chichurro se utiliza mucho en Mazariegos como una negación rotunda, y en este significado creo no haberlo oído en otros lugares. Su uso, en este sentido, es la de una negación reforzada, equivalente a un “ni hablar” o “de ninguna manera”.

El uso de palabras o frases estrafalarias como negaciones es muy corriente en el habla popular. Se debe esta tendencia al natural desgaste significativo de las negaciones corrientes, continuamente utilizadas en el habla. De forma que estas negaciones tan repetidas terminan teniendo en la práctica poca fuerza negativa. Y entonces, sobre todo si la negación es total, se recurre a reforzar esa expresión o se echa mano de algún otro vocablo que, si no tiene significación negante en sí, se lo atribuimos en el contexto de la conversación.

En todas las hablas vulgares se dan estos casos. Y en castellano podemos decir que en cada lugar se han artificiado negaciones particulares, además de otras de uso corriente. Recordemos que un “naranjas de la China”, por ejemplo, no tiene en sí, al pie de la letra, ningún significado de negación, pero en nuestra lengua ya todos se lo damos en los contextos conversacionales. Las palabras o expresiones usadas vulgarmente como negaciones son incalculables. Incluso se utilizan vocablos malsonantes para reforzar un simple “no”. Hasta se da la paradoja de usar afirmaciones, con un rotundo sentido negativo. Todo depende de la entonación que se dé a la palabra y el significado que ésta tome en el contexto. Un “sí” puede afirmar o negar, según la forma en que se pronuncie.

El uso, pues, de “chichurro” para indicar negación o que una cosa es mentira, entra dentro de esos trasplantes de significación en el habla popular. Basta que un día alguien lo utilice para que, por contagio, y más si es una palabra con cierta euforia o muy singularizada, cunda el uso, que se trasmitirá por grupos familiares y hasta generalizarse en el pueblo. Esto ha ocurrido con el “chichurro” de Mazariegos, cuyo uso parece ir en retirada, al abrirse los modos lingüísticos a formas menos cerradas, más amplias, con mayor contacto exterior.

ESCANAS.- Es un vulgarismo, por escamas, que es lo correcto. La palabra escamas viene de la latina “squama”, que, a su vez, procede del verbo ”squalere”, que significó estar áspero, erizado. Con escama nos referimos a las laminillas córneas que cubren el cuerpo de los peces y algunos otros animales.

No hay, por tanto, motivo etimológico ninguno para llegar a la forma “escana”, que yo he recogido en Mazariegos entre los habitantes de muy diversa edad. Parece que el vulgarismo estuvo muy arraigado en Mazariegos, único lugar donde yo lo he oído, lo que no quiere decir que no sé de en otros sitios. La transmisión oral ha hecho que prenda también este vocablo en generaciones muy actuales. Pero es lógico que tienda a desaparecer ante la elevación del nivel cultural y la influencia de los medios de comunicación.

La explicación de “escana” por escama habrá que buscarla en la influencia de otros vocablos populares y correctos. Seguramente la palabra “cana” tuvo su resonancia a la hora de producirse este fenómeno de consonantismo, consistente en una alternancia de N/M.

LA REN.- Es un vulgarismo muy corriente por la herrén. Se da por toda la provincia de Palencia y otras regiones, porque el resultado popular tiene una clara explicación en las anomalías evolutivas del lenguaje oral.

La palabra herrén procede del latín vulgar “ferraginem”. El cambio de “–a-“ a –“e-“ en el latín se habrá dado por la etimología popular de “ferrum-“, de la que se conservan derivados en diversas lenguas romances, además de en castellano.

La herrén era un lugar de pastos, generalmente cercano al casco urbano. En algunos sitios tenía también el significado de pastizal comunal, pero siempre muy próximo al caserío. Era, pues, lugar donde se soltaba el ganado para que pastase. De ahí que, en ocasiones, se haya trastocado un tanto el significado, pasando la herrén a ser lugar de concentración del ganado que iba a ir a pastar, pero sin que tuviese ese lugar pasto alguno.

En algunos sitios, al ampliarse las poblaciones, estas herrenes terminaron cerca del casco urbano. Y si perdieron su utilidad como pastizal, no perdieron su nombre tradicional. Tal ocurre en Palencia capital, donde hay todavía un paraje urbano que se denomina Herrén de San Pablo, precisamente junto a la calle de los Pastores, prueba de la interrelación de ambas denominaciones.

En Mazariegos se conserva la palabra herrén para llamar a un terreno vallado próximo al pueblo, prácticamente entre manzanas de casas, delimitando su cerca parte de la calle de la Virgen y la calle Santovenia. Hoy es una simple tierra de labor, pero no cabe duda que ese terreno sería en tiempo pastizal. Seguramente un pastizal natural, ya que está en un terreno húmedo y lacustre, hoy elevado respecto al entorno, por la extracción de tierra en la antigua tejera. Por su buena situación, puede convertirse en una futura ampliación del casco urbano.

Si el vocablo correcto es herrén, su simplificación en “ren” se da por el fenómeno fonético llamado aféresis, que consiste en la desaparición de la vocal inicial de una palabra. La causa de la producción de esta aféresis es el encuentro de dos vocales en hiato, cuando delante de herrén se utiliza el artículo la. Cosa corriente, por no decir que constante, ya que en cada lugar solía haber una sola herrén, que si era comunal y de uso comunitario sería siempre “la herrén”, “la (e)rrén, “la ren”. Al encontrarse en el habla la vocal “–a” del artículo con la vocal átona “e-“ de herrén, ésta última, precisamente por ser átona, termina desapareciendo.

Como en tantas otras alocuciones, aquí la rapidez del lenguaje hablado hace que la vocal inicial no acentuada vacile y se debilite, hasta desaparecer; y mucho más ante otro sonido vocálico. De forma que si transcribiésemos exactamente la pronunciación de la frase tendríamos que escribir simplemente “larrén”, pues así suena, como si fuese una sola palabra. Recordemos que en Palencia existe el apellido Larrén, que procedería de un “de la Herrén”, desgastado por el uso hablado popular y simplificado a “Larrén” a la hora de fijar escritos los apellidos.

En relación con este popular lugar de los predios rurales están también los apellidos Herrán y Herrón, aunque en algunos casos puedan tener otra procedencia. Por ejemplo, Herrán podría ser una forma terminal de Fernán, o simplemente una variante de Herrén, con cambio vocálico.

CEOMO.- Esta extraña palabra es el resultado de la aglutinación fonética de las palabras latinas “Ecce Homo”, que aparecen en el Evangelio de san Juan, cuando Pilatos, después de haber hecho azotar a Cristo y haber sido éste coronado de espinas entre mofas, sacó a Jesús fuera del Pretorio y se lo presentó a los judíos con las famosas palabras. La escena del “Ecce Homo” ha sido representada abundantemente, tanto en la pintura como en la escultura. De forma que tanto la imagen como el cuadro que recuerda aquella figura ensangrentada, sucia y triste de Cristo se conoce simplemente como “Ecce Homo”.

A partir de ahí es ya fácilmente comprensible que, por comparación, se llamase “Ecce Homo” a cualquier persona que presentara un aspecto semejante al de Cristo tras la flagelación. Por eso, ante una persona con semejante aspecto de suciedad y sangre, se acuñaron las frases: Viene como un Ecce Homo. Se puso como un Ecce Homo. Se presentó como un Ecce Homo. Lo pusieron como un Ecce Homo.

Con este uso, la expresión “Ecce Homo” se había ya sustantivado. Y su significado concreto pedía una singularización morfológica, es decir una sola palabra para expresar un concepto perfectamente definido. Entonces, el habla vulgar amalgama las dos palabras latinas y las transforma en una sola, suprimiendo cualquier dificultad de pronunciación. Y así, lo que podía haber sido un “Eccehomo”, se simplifica en “Ceomo”. La “e-“ inicial se presenta como átona, sin acento y con poca entidad fónica, que propicia su desaparición.

Naturalmente, las dos “–ces-“ que aparecerían en la amalgama completa, se simplifican en una sola, aunque originalmente deben tener sonidos distintos, que ya el habla vulgar se ha encargado de uniformar. La primera “–c-“ tendría sonido de “–k-“, pero ya es sabida la tendencia vulgarizante a convertirla en sonido “–z-“. Una vez hecha la asimilación, la simplificación es fácil de entender en el habla coloquial.

Hay que tener muy en cuenta que, para llegar a esta derivación de significado y de vocablo, se ha partido de una frase latina, que, popularizada por la liturgia, no era entendida nunca, al pie de la letra, por el pueblo. “Ecce Homo” significa “he ahí al hombre”. Son, pues, palabras textuales de Pilatos, que, en principio no definen nada. Pero por el contexto, por la escena, se entiende que he ahí al Hombre hecho una piltrafa, aquí tenéis a ese Hombre ensangrentado, sucio, medio muerto. Así que la expresión toma un significado distinto. Y con este significado se titulan las obras de arte y se utiliza la frase por el habla popular. Luego, a partir de unas palabras latinas que no se entienden, el habla coloquial vulgariza la expresión, entrando casi a saco con ella, suprimiendo y simplificando hasta dejarla en un vocablo “castellanizado” y de un fuerte grafismo, cobrado a fuerza de uso.

Este vocablo de “Ceomo” no es exclusivo de Mazariegos, ni siquiera de nuestra provincia. Puede oírse en cualquier parte, en unas más que en otras; y hasta puede decirse que si en algunas poblaciones es muy frecuente su uso, en otras no se dio nunca. Sencillamente porque la utilización del vocablo responde a circunstancias muy concretas, como puede ser el uso inicial por una persona “semiculta”; la existencia de un cuadro o una imagen, así llamados, en la parroquia; o el uso correcto por algunas personas cultas del pueblo, de las que se imitó, vulgarizando la expresión.

Después de toda esta explicación, parece clara la relación entre el origen y el resultado del vocablo. Pero cogido en su desnudez, no lo es tanto. He conocido a algunas personas de alto nivel cultural que utilizaban el vocablo sin saber su origen y derivación. A otras personas, cuando se les ha propuesto el vulgarismo para su análisis, no les ha sido nada fácil dar con la explicación. Y hasta ha habido alguien que rechazó, en principio, las explicaciones, pensando que se trataba de un rebuscado forzamiento para llegar a conclusiones; estas personas debieron capacitar un poco hasta ver la perfecta cadena lingüística y social que se había formado entre la frase evangélica y el vocablo popular de significación palpable.

En Mazariegos he oído lo de “Ceomo” con cierta frecuencia. Y digo lo de cierta frecuencia, porque su significado sólo permite utilizarla en muy singulares ocasiones.

RICO BAQUERÍN QUE VIENE LA BALLENA.- La frase, sin más, lógicamente carece de significado concreto, pero tiene una carga despectiva. La he oído utilizar con mucha frecuencia entre las gentes de Mazariegos, cada vez que, por cualquier tema, sale a relucir el pueblo de Baquerín. La leyenda en la que se integra esta frase es, con más o menos variantes, como sigue: Cierto tonto del pueblo que jugaba junto al Valdeginate, al ver venir por las aguas un bulto enorme, se acercó al pueblo gritando: ¡Rico Baquerín, que viene la ballena!. Y cuando la gente del pueblo, alarmada, huía despavorida, se descubrió que era una albarda vieja lo que arrastraban las aguas.

Naturalmente esto no es más que una leyenda. Una leyenda con cierta intencionalidad etiológica, es decir explicativa. Es como si con este cuentecillo los de Mazariegos quisiesen explicar lo tonto que era el tonto de Baquerín y cómo un tonto puede hacer ciento. Una manera muy popular de burlarse unos pueblos de otros vecinos, costumbre vieja en toda tierra de garbanzos.

Hay que decir en seguida que la tal leyenda de la ballena ni es exclusiva ni original de Mazariegos, aunque aquí esté muy arraigada. La mismísima frase y la mismísima leyenda se utilizan en otros muchos pueblos para hacer mofa del vecino. Miles de veces he oído en mi pueblo natal, Cubillas de Cerrato, lo de: ¡Rico Cevico, que viene la ballena! Y la leyenda completa coincidía con la que se cuenta en Mazariegos. Cevico de la Torre tiene su término colindante con Cubillas y el picadillo popular entre ambos era enorme, a juzgar por las frases alusivas a los ceviqueños que yo he oído en Cubillas.

El relato de la ballena y la albarda tiene sus raíces populares muy adentradas. Y con algunas variantes mínimas lo he oído contar y lo he visto recogido en muchos sitios. En él aparece la ballena, como animal mítico, casi fantástico, cuya presencia, para la gente de tierra adentro, suponía una catástrofe. Para esta mitificación ha contribuido decisivamente el relato bíblico de Jonás, engullido por la ballena. Así, pues, una ballena era un monstruo capaz de comerse a un pueblo entero. Esta psicosis por la ballena-monstruo hace que el tonto confunda la albarda con el cetáceo y en su mente se dibuja inmediatamente la tragedia: La ballena viene por el río a devorar a todo un pueblo, que además es querido y rico. Y en el grito avisador del tonto parece que no hay esperanza; hay como una trágica resignación ante la presencia del monstruo. Y sus voces no son más que exclamaciones desesperadas ante la catástrofe.

Con una escenografía ya en tragedia máxima, donde han tomado parte lo fabuloso, lo mítico y quizá lo esotérico, aparece el sarcasmo de la albarda, además vieja. Que es la máxima expresión de lo burdo, de lo poco apreciable, de lo más basto y trivial. Hay, pues, un fuerte contraste entre lo que parecía un azote divino, una tragedia sublimada, y una realidad simplísima y vulgarota.

En ese contraste, precisamente, está la fuerza de la burla de la leyenda. Atribuir el hecho a un pueblo es conceptuarlo lerdo y de pocas luces. Porque, además, el imaginar y el tragarse que por un riachuelo o arroyo iba a venir una ballena no deja de demostrar una simplicidad elevadísima.

El relato tiene su origen en la más antigua tradición de cuentos populares. Y tan popular fue que se adoptó por muchos pueblos, para atribuir escenario y protagonistas en el pueblo vecino, que así quedaba definido como inculto y atrasado.

En cada pueblo que se utiliza la frase y se cuenta la leyenda se cree un poco en su originalidad, al saber siempre cómo llamamos a los demás, pero no saber nunca cómo nos llaman a nosotros. Es decir, que lo mismo que en Mazariegos se dice: Rico Baquerín, que viene la ballena, puede decirse en Baquerín: Rico Mazariegos, que viene la ballena. La cosa no tiene más importancia que esa inofensiva burla que unos pueblos hacen de otros. Aunque en este caso, hay que reconocer que la leyenda tiene su intríngulis y una buena carga de desprecio, al jugar con elementos muy escogidos y muy expresivos.

CÉMILO-CÉMILA.- En esta palabra hay que distinguir dos fenómenos: el uso incorrecto del vocablo y su parcial uso semántico.

Por el fenómeno lingüístico llamado aféresis, en el vocablo “acémila” se suprime con cierta frecuencia, en el habla popular, la “a-“ inicial, pronunciándose, por tanto, “cémila”. Es una consecuencia del timbre vacilante de las vocales átonas y sobre todo de las átonas iniciales de palabra.

La palabra acémila procede del árabe zamila y se documenta en castellano desde el siglo XI. Formas parecidas se conservan en portugués (azemala) y en catalán (atzembla). Son resultados de añadir al vocablo original árabe su correspondiente artículo, como ocurre en otros tantos arabismos.

Ya he insinuado más arriba que el resultado popular de “cémila” no es ni mucho menos exclusivo de Mazariegos, sino que se da por toda nuestra geografía regional, precisamente por ser un vocablo muy propicio para el fenómeno de aféresis.

Como he detectado en otros lugares, también en Mazariegos se da la curiosidad de usarse la palabra en su forma correcta y en la incorrecta. Incluso una misma persona puede llegar a usarlo en las dos “versiones”, según para el significado que lo utilice o según la intencionalidad y estado de ánimo al pronunciarla.

Y aquí llegamos a ese segundo fenómeno que enunciaba al principio: la palabra acémila significa propiamente mula o macho de carga. Pero raramente se oirá utilizarla con esa acepción, sino con el significado figurado de bruto o torpe. Es decir, que el vocablo ha perdido, en el habla popular, su originalidad semántica, para pasar a tener, casi exclusivamente, un significado trasladado, como insulto a una persona.

Se da, pues, el caso curioso de que, aún en lugares donde fueron de uso corriente las mulas y los machos de tiro y de carga, se ha perdido esta otra palabra para denominarlos. Así, podemos deducir que el vocablo acémila es ya casi un arcaísmo. Y, si alguna vez se escucha utilizada en su significado propio, no es por arraigo popular, sino como residuo de un uso aprendido en viejas historias o en actividades castrenses. Todavía en la milicia, sobre todo en algunos cuerpos, se llaman acémilas los animales que sirven para el traslado de piezas de artillería, víveres o utillaje; y acemileros los militares encargados del cuidado y el adiestramiento de estos animales, mulas o machos. Igualmente, dentro de una organización palaciega, existían los acemileros o mozos de cuadra, que se dedicaban a cuidar y conducir las acémilas; incluso existía el cargo de acemilero mayor o jefe de acemileros.

Hay que apuntar también ese extraño uso de la forma masculina “cémilo”, cuando no existe, ni en significado real ni figurado, en el lenguaje académico. La forma correcta y única es acémila y ahí debía haberse ocasionado, por aféresis, lo de “cémila”, pero el habla popular rebusca cualquier posibilidad para dar más expresividad a sus elementos y no se para en normas ni rigideces académicas.

Para explicar ese masculino invasor hay que fijarse en el significado casi exclusivamente peyorativo que tiene “cémila”. Y precisamente esa forma femenina parece como que tiende a suavizar el insulto, por lo que se recurre a una “lógica” forma masculina que agrave la carga insultante. Como además eso de “cémila” y “cémilo” se usa mucho entre mujeres, quizá más que entre el sexo masculino, de ahí que lo de hacer una referencia peyorativa contra una mujer con un vocablo masculino tenga mucha más fuerza. Recordemos que no es lo mismo llamar a una mujer “tonta” que “tonto”. Ni tendrá la misma carga significante el aplicarle el apelativo “perra” que “perro”.

Y una última consideración sobre “cémila” o “cémilo”. He podido distinguir, tanto en Mazariegos como en otros lugares, que cuando se habla con cierto reposo, con tranquilidad, se suele usar la forma correcta de “acémila”. Pero cuando el vocablo se utiliza con más o menos excitación, con una mayor intencionalidad, como queriendo cargar las tintas peyorativas, entonces casi siempre se hecha mano de la forma incorrecta y además masculina, “cémilo”, que descarga toda expresividad buscada.

Y es que no olvidemos que el subconsciente funciona con cierta lógica, que a veces está contra la normalidad lógica, para hacer usar unos u otros vocablos. Es decir, que un insulto con un vocablo incorrecto es más insulto. Y por eso el habla popular busca extrañísimas formas, retorcidas, antinaturales, sonoras, indecentes y hasta blasfemas, para que sea más explosiva la expresión, aunque sea contra toda norma lingüística y hasta de respeto social.

TRIGUILLÍN.- Esta forma superdiminutiva de trigo solo la he oído en Mazariegos y de manera muy generalizada. Lo que no quiere decir que sea exclusiva de la localidad; pero puedo afirmar que en otros ámbitos conocidos de tradición agrícola no se usó nunca. Se llamaba “triguillín” al conjunto de los granos pequeños que desechaban las máquinas de beldar, a través de sus cribas, y que no iban al muelo, sino que caían a un departamento de la máquina llamado “infierno”. Allí iban a parar todas las semillas malas de la bielda, granos minúsculos que no servían para posteriores siembras ni para harina y que se aprovechaban para comida de gallinero.

En los ámbitos rurales más conocidos por mí, a estos granos pequeños se los llamaba simplemente triguillo. Un diminutivo suficiente para distinguirlo del trigo normal. La forma “triguillín”, un diminutivo de un diminutivo, me llamó mucho la atención cuando la oí por primera vez en Mazariegos, pero luego ya se ha hecho casi familiar, al comprobar que es utilizada muy asiduamente. Incluso para denominar no ya los granos diminutos de la cosecha, sino hasta para distinguir cualquier montón de desecho.

Generalmente se dan estas formas superdiminutivas cuando el uso constante de un diminutivo ha llegado a desgastar su significado disminuidor; como ocurre también con los aumentativos, que a veces se hacen tan normales que, cuando en verdad queremos expresar una grandeza, hemos de recurrir a vocablos desfigurados o a circunloquios exagerativos.

En la zona rural de mi infancia sólo existía la alternancia de trigo y triguillo, con referencias perfectamente delimitadas al trigo normal, harinero y de siembra, y al trigo de grano minúsculo, sólo aprovechable como pienso, es decir para un fin fuera de lo adecuado. Entonces, el hecho de que en Mazariegos haya surgido el nuevo diminutivo “triguillín” hace pensar que tradicionalmente han existido, al menos en la valoración popular, tres clases de granos: trigo, triguillo y triguillín. Quizá en un loable afán de distinguir el grano bueno del poco logrado y del definitivamente desterrable para moliendas y resiembras.

Esto quizá tenga su explicación en la irregular calidad y composición de los campos del terreno municipal de Mazariegos, con terrenos sueltos y otros más recios, que necesitaban de especiales cotas de pluviometría para dar aceptables cosechas. Y que, si les faltaba el agua, apenas si daban triguillos de mala peluja y mediano grano.

De todas las formas, quede aquí recogida esta muestra de la inventiva popular, capaz de forzar el idioma con tal de concretar más sus referencias y para evitar confusiones. Lo cual, aunque suponía una rebelión sobre cauces académicos, constituía una renovación enriquecedora.

GÜÉTAGO.- Muy utilizada esta palabra, en la expresión de “chorizos de güétago”, para referirse a los chorizos digamos de segunda categoría, hechos con las vísceras del cerdo y con otras carnosidades menos selectas.

El vocablo correcto es buétago, pero casi podría afirmarse que nadie en Mazariegos lo pronuncia en su forma académica. Se ha dado aquí el fenómeno fonético llamado de alternancia de consonantes, en este caso cambio de la “b” por la “g”. Recuérdese que estos cambios consonánticos son frecuentes en el habla vulgar, caso de “agüelo” por abuelo; o “gomitar” por vomitar.

La palabra büétago es un vocablo antiguo, de origen santanderino, cantábrico, con el significado de bofe, pulmón. Con la forma de buétago se documenta ya en el siglo XIII. Y con la forma actual en el siglo XIV. El origen de buétago es incierto y para explicar su derivación habría que pensar en una raíz romance BOTT- y a una conformación expresiva popular. Recuérdese que de este vocablo, buétago, se derivan abotagarse, con el sentido de inflarse torpemente, y abotargarse, aunque en esta última hay un influjo de botarga. Este sufijo romance Bott- tiene significado de hinchazón, de objeto redondeado, con lo que el significado de buétago quedaría adaptado a las formas más redondeadas y sin hueso del cerdo, como son el hígado, el pulmón y el esófago.

Ya he dicho que el origen de la palabra es cántabro. Pero hay que añadir en seguida que también en Cantabria se utiliza esa otra forma de “güétago”, tal como aparece en escritos y novelas que reflejan el habla popular. No es, pues, ese uso de “güétago” exclusivo de Mazariegos, sino que se da casi en toda la provincia, incluso en algunos sitios ya con sentido figurado, con la equivalencia de pereza o galbana.

Esa procedencia norteña de buétago ha hecho que se intensifique su uso en comarcas palentinas más al norte. De hecho, en algunos pueblos del sur de Palencia apenas si se oye el vocablo; y creo que en algunos lugares es totalmente desconocido. Para referirse a los chorizos de baja calidad, en las zonas meridionales de nuestra provincia y en la de Valladolid suele decirse chorizos sabadeños.

TANGANILLO.- El significado propio de tanganillo es de palo pequeño o piedra que se pone provisionalmente para sujetar una cosa. En este sentido tiene relación con la tanga o tanguilla que se usa en el juego del mismo nombre. Pero luego tanganillo tiene otro significado trasladado que es de longaniza pequeña o chorizo delgado y alargado, acepción usada en las provincias de Palencia, Valladolid y Segovia.

Está claro que, de un tángano que significa rama seca o raíz para combustible, se ha llegado al diminutivo de tanganillo, ese palitroque del que se echa mano para una emergencia. Entonces, una longaniza pequeña, un choricejo delgaducho, se parece un tanto a un palo pequeño, sobre todo si el embutido está ya curado y presenta una forma algo retorcida y una superficie irregular.

Como puede verse aquí la imaginación popular ha trabajado finamente para llegar a un significado figurado, a través de unos parecidos físicos. El tanganillo como embutido era, y es aún en algunos lugares, una concesión del ama de casa a la chiquillería familiar. Se hacían algunos tanganillos, ni chorizos ni longanizas, sino formas intermedias y como infantiles, para que, en su día los niños fuesen a merendar el tanganillo con sus amigos. En algunos sitios, el tanganillo se merendaba en carnaval, como una simbólica despedida a las carnes; y en otros en fiestas tradicionales del pueblo, como San Blas o las Candelas.

Pero lo curioso del caso de Mazariegos es que generalmente se usa lo de tanganillo con otro significado, también traslaticio, por semejanzas. Aquí viene a significar porción de mondongo morcillero metido en una tripa, pero destinado a consumirlo inmediatamente. Tomarse un tanganillo, en la matanza, viene a ser como beberse-comerse un preparado de morcilla sin curar, en una tripa no tan ancha. Con este significado sólo lo he encontrado en Mazariegos, aunque quizá también se use en algún pueblo cercano. De todas formas, en algunas zonas de nuestra provincia lo de tanganillo no se utiliza ni en una ni en otra acepción.

Es evidente que el significado que tanganillo tiene en Mazariegos es de invención popular, a través del parecido entre el embutido de chorizo y el de morcilla. Y hasta yo me atrevería a insinuar que en el tanganillo morcillero, que más bien se bebe, ha habido una resonancia de la palabra tanque, vasija casera utilizada para tener a mano el agua de beber. De hecho, en alguna ocasión he podido comprobar que se pronuncia “tancanillo”, con seguros ecos del tanque de comedor.

ESTRULLÓN.- Viene a significar esta palabra desconchón en la pared, hueco que queda en una pared después de caerse alguna masa de barro, yeso, cemento, etc. Se deriva de trulla, que si en principio significa la llana de un albañil, luego, por extensión, se refiere también a lo que esa trulla extiende, es decir a la masa de barro o de otro conglomerado con que se reviste una pared.

Parece ser que el uso de trulla y trullar con el significado de revocar las paredes con una mezcla de barro y paja es exclusivo, o por lo menos genuino, de Palencia, tal como recoge el D.R.A. Aunque el uso de esta familia de vocablos es muy diferente en intensidad, según las comarcas de nuestra provincia.

Si trullar es dar ese revestimiento a las paredes, la acción de quitar el revestimiento sería destrullar. Como desvestir es quitar el vestido y despeinar es destruir el peinado. Por tanto, la palabra correcta para referirse a un desconchón de la pared sería destrullón. Y no estrullón, que no tiene ninguna explicación de composición léxica.

Para explicar este vulgarismo, hay que recordar que el habla popular adopta estos prefijos en “es-“ en vez del correcto “des-“ con mucha frecuencia, sin duda por dos razones que a veces se entremezclan para dar ese resultado de vulgarismo: el ahorro de letras en palabras que pueden resultar largas, al ser compuestas; y la confusión entre los prefijos “des-“ y “ex”, que en muchas ocasiones vienen a significar lo mismo. Ocurre, entonces, que el vocablo popular se queda a medio camino entre una solución y otra y ni adopta completo el prefijo “des-“ ni adopta correctamente, es decir con “x-“, el prefijo “ex”.

Así pues, “estrullar” y “estrullón” deberían tener las formas destrullar y destrullón. Pero ha ocurrido lo mismo que en los casos de “estrozar”, que sería destrozar; “esmigar” por desmigar; o “esmanar” por desmanar. Es lo que ya en otras ocasiones hemos analizado como aféresis, frecuente en una conversación fluida, que tiende a eliminar sonidos, unas veces con simples letras y otras hasta sílabas enteras.

TRULLO.- Esta palabra, que académicamente significa una especie de pato, se utiliza en Mazariegos, y en otros muchos lugares, con el significado de persona muy gorda y de torpes maneras. No es, pues, trullo un vocablo académico, pero sí tiene una razón de ser en la lengua popular.

Está claro que el significado con que trullo se usa en Mazariegos es un significado figurado. Algunos autores han creído que el significado de gordura y torpeza que tiene la palabra trullo se deriva del significado original de pato. Pero a mí me parece cosa improbable, porque tanta singularidad de gordo puede tener un pato como un perro, además de que el trullo pato no es precisamente torpe, ya que se distingue por su destreza para atrapar peces debajo del agua y alimentarse con ellos.

Hay otra razón para pensar que el trullo palentino sea de significante no derivado del trullo pato. Y es que pocos distinguimos esa especie de patos y desde luego no pensamos en un pato cuando decimos de una persona que es un trullo.

Empalmando con lo dicho en el anterior apartado, trullo cogerá su significado “humanizado” de la trulla, de algo apelotonado, basto y sin especial calidad. Porque hay que tener en cuenta la carga despectiva con que suele usarse ese vocablo, que a veces ha cribado sus significantes y se inclina más por lo torpe, zafio, bruto o insensibilizado que por lo de gordo. Desde luego, aún suponiendo que el origen de trullo=gordo venga del trullo=pato, hoy no quedan entre nosotros ni reminiscencias de esa relación, ya que, como apuntaba antes, apenas alguien sabe que un trullo es un ave palmípeda y, por tanto, difícilmente podrá entender el significado despreciador con el del pato gordo o flaco, que ésa es otra.

Es decir que, sin negar rotundamente la original derivación del significado de nuestro trullo del trullo animal, lo que está hoy claro es que en Mazariegos y en otros muchos lugares se usa ahora mismo con la figuración significante reflejada en una masa de trulla de barro y paja, en un destrullón informe o en un desconchón que afea. La forma trullo masculina, utilizada sobretodo para referirse con desprecio a una mujer, refuerza el significado peyorativo, según ya comentamos en otro apartado de la serie.

NEVILLAS.- Desde muy antiguo es el nombre que se da a unos terrenos colindantes con el término de Villamartín. La forma actual del topónimo no dice nada y por eso hay que buscarle una explicación lingüística, ya que todos los topónimos tienen un origen y una razón. Como los terrenos de este pueblo han sido fácilmente inundables, al hallarse en una leve hondonada, por donde convergen aguas de diversos cauces y arroyos, hay que pensar que la denominación inicial de los terrenos sería Las Navillas, es decir pequeñas navas, en comparación con la gran nava o laguna. De hecho, antes de la utilización de los tractores y del saneamiento de estas tierras, las parcelas de ese pago resultaban muy pantanosas, se inundaban con frecuencia y en ellas se formaban pequeñas lagunas que duraban meses en desecarse naturalmente.

El cambio de Navillas por Nevillas vendría dado por un fenómeno muy corriente en el habla popular que es la cerrazón de timbre en la vocal pretónica: La –a- se ha cerrado en –e-. También habría que pensar en el influjo inconsciente, cierta contaminación fonética, de los vocablos nevar y nieve, palabras sumamente populares en los medios rurales y muy enlazadas con la importancia de la meteorología en la agricultura.

Hay que tener en cuenta también el impreciso origen de la palabra “nava”, que se da como raíz prerromana, pero con significados un tanto entrelazados. Nava significaría llanura entre montañas y, consecuentemente, lugar pantanoso, donde van a parar las aguas de esas alturas. La Nava de Campos se formó precisamente como laguna por ser terreno hondonado entre progresivas alturas. Naturalmente, nava terminó siendo sinónimo de laguna para los lugareños. Y por tanto, una laguna pequeña sería una “navilla”, que ya decimos que el habla popular transformó, por normal cierre de timbre de vocal átona, en “nevilla”.

DESAUGUE.- La peculiar orografía del término de Mazariegos, con crónicos encharcamientos de sus tierras en tiempos de abundantes lluvias, hace que se hayan usado mucho los vocablos “desaugue” y “desaugar”, utilizados muy corrientemente por los labradores, en vez de las formas correctas de “desagüe” y “desaguar”.

Se ha dado, en este caso, el fenómeno lingüístico llamado metátesis, que consiste en la alteración del orden de las letras de un vocablo. Si este fenómeno es relativamente frecuente en las consonantes, también se da, en casos más singulares, en las vocales. Aquí, concretamente, la “-u-“ que forma diptongo en la última sílaba se ha trasladado a la penúltima, formando otro diptongo distinto.

Como es casi constante en el habla popular, se da aquí una deformación del vocablo correcto, pero no por pura y sola mecánica lingüística, sino también por otras poderosas razones ajenas a la correcta o vulgar transformación de los vocablos. Entonces, para explicar esa metátesis, un tanto extraña, hay que pensar en el reflejo más o menos consciente del término “desahogo”, y su forma verbal desahogar, en las que el hablante pensaba al decir “desaugue” y “desaugar”.

Si las tierras se llenan de agua, suele decirse que están ahogadas. Y, por tanto, el intentar quitarles esa inundación es intentar desahogarlas. Pero una cosa que está aguada y se quiere librar del agua, se dice que se desagua; y el lugar o la forma de quitar esa agua será el desagüe. Hay que pensar, por tanto, en el “desaugar” como una forma híbrida entre el desahogar y el desaguar.

MUY FINO.- Esta locución, lógicamente, es correcta. Pero me ha llamado mucho la atención el exclusivo uso de este adjetivo con superlativo, aplicado a múltiples cosas.

Se usa el “muy fino” con sentido trasladado, metafórico, lejos de su significación genuina. También este uso es aceptable, pero, repito, la peculiaridad está en su utilización abusiva. De forma que lo mismo es “muy fino” un vestido que un anillo, un zapato que un mueble, una persona o un alimento. El “muy fino” tiene, por tanto, las equivalencias de elegante, artístico, bonito, moderno, educado, gustoso, etc.

Oído por primera o segunda vez, en poco tiempo, puede pasar lo de “muy fino” como normal y correcto. Pero, cuando se oye su aplicación a cualquier cosa que merezca alabanza, ya entra dentro de un vicio del habla popular. Un vicio por defecto, ya que esa machacona repetición indica una manifiesta pobreza de vocabulario.

Así, con el “muy fino”, se suplen un montón de adjetivos que cuadrarían mejor con la cosa alabada. Se ha convertido, pues, el “muy fino” en una especie de comodín, sin mayores rebuscamientos léxicos. Y esto, naturalmente, termina por desgastar la locución, de forma que, además de esa carencia de un vocabulario rico, puede inducir a sospecha de simple cumplimiento, sin mucho convencimiento laudatorio en el que se usa el “muy fino” para casi todo y casi sin alternativa.

He podido comprobar el uso de “muy fino” en Mazariegos con abusiva insistencia. Y desconozco si también se usa en otros lugares con tanta frecuencia, ya que para comprobarlo paladinamente habría que convivir un cierto tiempo.

Finalmente, hay que decir que ha habido cierto ingenio en la adopción de esta adjetivación, que, de golpe, resulta elegante y halagadora. Por otra parte, he podido comprobar que su uso se ha generalizado en ciertos grupos familiares y sociales por contagio. Un contagio venido de la misma elegancia y de su comodidad. Dices “muy fino” y ya está dicho todo. Hasta que lo dices tanto que parece que ya no dices nada.

TUTERO.- No aparece este vocablo en los diccionarios oficiales; por tanto es de pura invención popular. El adjetivo “tutero” se usa con el significado, sobre todo, de goloso, aunque también puede tener otras acepciones, como entrometido, dicharachero o murmurador. Incluso se utiliza para referirse a la persona que come o “pica” con frecuencia, que no se resiste a probar cualquier manjar que se le presente, manjares, en este caso, no necesariamente dulces.

Lo de “tutero” lo he oído con frecuencia en Mazariegos, pero no es palabra exclusiva de la localidad. Se dice en otros muchos pueblos de la provincia, sobre todo en Tierra de Campos, pero no lo he oído nunca en la zona sur de Palencia.

El vocablo, ya he dicho, es de acuñación popular. Y, en principio, el adjetivo debía aplicarse a la persona que juega mucho al tute, según su derivación. Sin embargo ese significado de goloso lo ha debido adquirir a través de un complicado sistema de parecidos-comparaciones. Hay que pensar en el tute como un juego repetitivo de cánticos y de arrastres; y esa ansiada repetición puede ser el significado trasladado para aplicarlo al goloso, que come abundantes dulces o que menudea entre comidillas y probaturas. Y no hay que descartar la posible influencia del verbo tutear, tratar de tú, es decir tener una conversación más confiada, más fluida, más de menudencias, lo que nos puede llevar también al significado de “tutero”.

Nota final.- Dice el autor, Gonzalo Ortega Aragón, en un resumen de estos dichos, que publica en “Datos históricos de Mazariegos”, libro editado por el Ayuntamiento de Mazariegos, con motivo de la modificación del escudo y creación de la bandera local: “Que el habla popular de los pequeños núcleos rurales ha estado tradicionalmente plagada de incorrecciones fonéticas, sintácticas y morfológicas, debido a los escasos niveles culturales de sus gentes, a la transmisión y uso del lenguaje casi exclusivamente de forma oral y al aislamiento de las poblaciones. Así se fue consolidando un cuerpo lingüístico más o menos zonal, influido por diversas características sociales, e incluso un contingente de usos locales. Estos vicios del habla popular se han ido corrigiendo con una cultura más elevada y con facilidad de acceso a los medios de comunicación, de forma que las referencias aquí recogidas no reflejan el estado actual del lenguaje del pueblo, sino que aluden a los usos tradicionales hasta avanzada la segunda mitad del siglo XX, época del final del ruralismo a ultranza”.