SINGULARIDADES DEL HABLA DE MAZARIEGOS
RASTREOS Y EXPLICACIONES
Trabajo publicado en la Revista Local "LA TRÉBEDE", de Mazariegos por el periodista y académico de la Institución "Tello Téllez de Meneses" de Palencia, Gonzalo Ortega Aragón, desde enero de 1989 hasta finales de 1991.
Señala el autor que, en algunos casos, esos giros, esos vocablos utilizados en Mazariegos, de forma un tanto antiacadémica, son fácilmente comprensibles, por tratarse simplemente de vulgarismos y, por tanto, repetidos en otros lugares, incluso por gentes de la capital.
Otras veces, el uso de esas palabras raras o malformadas se circunscribe únicamente al ámbito local o comarcal. Y, por ello, toman una peculiaridad más interesante desde el punto de vista lingüístico, y una rareza más llamativa, al desconocerse su manejo en otros ámbitos provinciales y, por tanto, nacionales.
Sin establecer orden ninguno, éstos son algunos de los dichos observados:
PERA.- Una curiosidad, de uso no habitual, pero sí frecuente, es la del sustantivo pera para llamar a las manzanas. Esta pobreza de vocabulario frutal parece ser que viene de lejos, porque son las personas mayores las que manejan esta ambivalencia. Las gentes más jóvenes utilizan algunas veces todavía la denominación incorrecta, pero generalmente usan ya el término manzana con precisión.
El haber denominado a la manzana pera, al referirse tanto a esta fruta como a la mencionada manzana, da lugar a un mimetismo inconsciente, pero se está corrigiendo por la mayor altura cultural y el conocimiento del cultivo de la manzana.
TÍO.- Otra curiosidad local es el uso de la apelación tío y tía para referirse a los suegros. Se oye con asiduidad, y a las personas que no estábamos acostumbradas a tal uso nos producía una radical confusión.
El uso correcto de tío indica que así se llaman los hermanos de los padres, tíos carnales, o los primos de los progenitores, que se denominarán tíos segundos, terceros, etc , según el grado de parentesco. También se ha generalizado el uso de tío-tía para referirse a los padrastros. El hecho de que se utilice también la palabra suegro-suegra correctamente, junto a los frecuentes tío-a, hace más extraño este uso, que no es exclusivo de Mazariegos, sino que también se da en otros lugares de la provincia y fuera de ella. Sin embargo, en los pueblos cercanos no se utiliza tío-a para referirse a los suegros.
La única explicación que cabe para esta anomalía es de índole social: en una sociedad, como era la de ámbito rural, los parentescos tenían una enorme fuerza afectiva y de relación; el suegro y la suegra pasaban a formar parte de ese círculo de familiares, en el que la relación más frecuente era la de tío sobrino. Y como el suegro y la suegra quedaban vinculados familiarmente al nuevo casado, esa relación generalizada de la familia también se aplicaba a ellos, que pasaban a ser unos tíos más.
El triunfo de la acepción de suegro para la palabra tío hay que buscarlo también en la misma palabra suegro-a, que a veces cobra un sentido peyorativo y, desde luego suena un tanto extrañamente en el sencillo vocabulario doméstico. Por otra parte, desde edades mínimas se familiarizaba la gente con con la palabra tío y la existencia de esa relación de parentesco; uno tenía tíos toda la vida y, por tanto, chocaría el uso de una palabra nueva para referirse a una relación familiar; era romper una monotonía léxica; era, quizá, añadir más efectividad a relación. Pero era también una imprecisión que podía dar origen a equívocos y hasta inevitables confusiones.
Y lo curioso es que, si se utiliza con frecuencia el tío-a para referirse a los propios suegros, no hay correspondencia recíproca, porque no suelen los suegros llamar sobrinos al yerno y la nuera.
PANILLA.- Es curioso el traslado del uso de una palabra que significaba antiguamente una medida de capacidad para aceites a una supuesta medida en el juego del mus, en Mazariegos. La panilla, como medida de aceite, equivalía a un cuarto de libra, aproximadamente la cuarta parte de lo que hoy es medio litro, o sea un octavo de litro. A su vez, la panilla valía cuatro onzas. Era, pues, una medida intermedia.
En el juego del mus, la contabilidad se hace a base de tantos o titos, juegos y partidas. De forma muy parecida a como se contabiliza el tanteo de ciertos deportes, como el tenis y el voleibol, donde se dan resultados parciales hasta el final del encuentro.
El traslado de significado de panilla, que de un cuarto de libra de aceite pasa a significar un juego en la partida de mus, es en sí chocante. Pero entra dentro de la habitual mecánica de estos traslados significativos, sobre todo en el habla popular. Recuérdese el uso de kilo para referirse a un millón de pesetas, unidad monetaria; el frecuente uso de tonelada, metafóricamente, por cualquier cantidad grande. Y hasta las palabras real o cuarto, medidas monetarias menores, se han desviado hoy a un significado moral o físico, después de caer en desuso oficial el sistema de monedas.
La explicación, pues, del curioso uso de panilla en Mazariegos vendría dada por este habitual traslado de las acepciones de medidas. Y, seguramente, por un hecho casual. Es decir, que ese uso antiguo de panilla como una parte de la medida habitual, como algo parcial, quedaría en el recuerdo de los más viejos. Y al popularizarse el juego del mus, alguien, con esa perspicacia que se da a veces en la mente popular, trasladó la denominación al juego, con unas perfectas equivalencias.
Hay que recordar, al respecto, que en el juego del mus se ha dado seguramente uno de los lenguajes más traslaticios, abundantes y estrafalarios. Donde se envida con múltiples expresiones y se hecha un órdago con las más variopintas frases.
BONJA.- Se utiliza para significar ampolla que aparece en la mano, más frecuentemente, por el roce constante de alguna herramienta. La palabra correcta es boja, que está documentada como vocablo antiguo, usada especialmente en una comarca que abarcaría parte de la provincia de Palencia y de la de Valladolid.
Bonja es una palabra que también oí por primera vez en Mazariegos dice Ortega Aragón-; pero que luego, al rastrear algunos léxicos locales, he podido constatar en otros lugares del contorno.
Queda dicho que la palabra original es boja; que significa etimológicamente brote, retoño, en relación con planta y con la palabra catalana botja. Boja en el sentido de ampolla, póstula, ya se documenta a principios del siglo XVII. Y todo parece indicar que se trata de un traslado metafórico de significado, ya que la boja sería un brote, en la superficie de la mano, como lo son las yemas en las superficies de los tallos.
El hecho de que en Mazariegos y en otros lugares se diga bonja, se debe, sin duda, a la influencia de la palabra monja, muy popular en el lenguaje y de cierta sonoridad. Boja, por antigüedad y hasta por su cierto exotismo, apenas dice nada a sus utilizadores; es una palabra un tanto inexpresiva, poco gráfica y, por otra parte, acorralada ya por el uso de otras palabras sinónimas más corrientes, más identificadoras.
Ante esta escasa entidad del vocablo, la influencia de monja es determinante y obliga a asimilar el boja como un bonja, más rotundo, más cercano al léxico popular y hasta con cierta onomatopeya de redondez, de abultamiento.
PARRO.- Palabra que se utiliza en Mazariegos para referirse a los patos salvajes, gansos o ánsares que tradicionalmente se criaron en la laguna de la Nava y que aún habitan en sus parajes, aprovechando las aguas del Valdeginate encauzado, algunas charcas y arroyones de abundante caudal.
Puedo decir que nunca había oído este vocablo, hasta mis contactos habituales con las gentes de Mazariegos. Y no porque no hubiese tenido referencias sobre estos animales, tanto habladas como escritas. Siempre vi utilizar el vocablo pato, con los apelativos correspondientes para distinguir los domésticos de los salvajes.
En Mazariegos, al menos entre la gente de cierta edad, suele utilizarse siempre la palabra parro, que luego he oído también en algunos pueblos cercanos. Curioso vulgarismo, cuando existe un vocablo equivalente mucho más académico y generalizado. Los lingüistas consideran la palabra parro como un vocablo imitativo de la voz del animal. Precisamente en relación con el parro está también el sonido que hace el cazador para llamar a estos animales. Con el nominal pato y con la voz onomatopéyica de sus ruidos, se estructura el vocablo parro, que, como se ve, predomina en algunas zonas donde el animal es muy abundante y donde son, por tanto, familiares sus voces propias y las imitativas de los cazadores o curiosos.
La acción de emitir sonidos el pato se expresa con el verbo parpar, que es fácilmente relacionable con ese ruido. Por procedimiento semejante, en la zona de Tras os Montes de Portugal, se fijan los vocablos parro y parra para referirse a pato y pata. Y en gallego se utiliza, con el mismo significado.
No es la primera vez que ocurre en castellano que el sonido característico de un animal termina por configurar el vocablo que denomina a ese animal. Recuérdese que la palabra perro es exclusiva del castellano y no tiene ningún antecedente etimológico en latín, porque se estructuró a base de la voz que utiliza el pastor para ordenar al perro ciertos lances en el cuidado de las ovejas.
Igualmente habría que recordar la palabra grajo, que es imitativa de la voz de este ave. Aunque en este caso hay que admitir que la composición onomatopéyica del vocablo es originariamente latina, de donde se deriva la castellana.
ZAGUAL.- Es un vulgarismo, por zaguán. Por tanto, el uso de la palabra zagual no es académico. Se trata de una confusión consonántica, que cambia la ene final por una ele. El fenómeno se produce, sin duda, por la atracción de otras palabras, que tienen semejanza fónica o de significado. Concretamente, habría que tener en cuenta el influjo del vocablo zagal, muy próximo en componentes fónicos y que termina en ele; y de la palabra portal, con equivalencia de significado.
Zaguán es una palabra de origen árabe, que inicialmente se documenta en castellano como azaguán, con la iniciación az-, característica del árabe. Luego en castellano perdió la a- inicial átona para quedar en el actual zaguán.
Zaguán significa portal pequeño de entrada a una casa. Es pues, el pórtico de la casa, el preportal o vestíbulo. Esta pieza de la casa ha sido frecuente en Mazariegos y lo es cada vez más, por el valor abrigador que tiene ese portalejo, que impide que la puerta de acceso al interior de la casa esté en contacto con la calle, excesivamente fría o excesivamente calurosa por estos pagos.
Ya he dicho que la atracción de zagal, un vocablo muy popular, y en el eco del portal, de parecido significado, dan origen a ese confusionismo consonántico, muy corriente en el lenguaje hablado y del que están plagados los vocabularios populares. Recuérdese que un caso semejante ocurría con el bonja = boja, por la atracción del popularísimo monja.
SOFALDAR.- Este vocablo es correcto, académico. Y si lo traemos aquí es por su rareza, ya que casi ha caído en desuso, por esa tendencia empobrecedora del habla a utilizar palabras comodines, a veces poco concretas, dejando a un lado vocablos con significados mucho más concretos, específicos.
Sofaldar, originariamente, significa levantar las faldas, mirar debajo (sub=so) de las faldas. Por extensión pasó a significar levantar cualquier clase de tela, para descubrir algo. Hay que recordar que los vuelos de una mesa camilla o los de una colcha de cama también se llaman faldas o faldones.
Entonces, en la limpieza de una casa, para limpiar debajo de las camas o bajo las mesas o sofás, hay que levantar las faldillas que cubren estos muebles: hay que sofaldar. De este significado simple, sofaldar pasó a otro más extenso, que comprende tanto la acción de levantar los faldones como la de limpiar debajo de ellos. Así pues, sofaldar denominaba una labor específica del ama de casa. Si todos los días se hacían limpiezas rutinarias en la casa, periódicamente se sofaldaba, es decir, se hacía una limpieza a fondo, por debajo de las faldillas y otros tejidos colgantes. E incluso el vocablo se extendió para significar cualquier manipulación de montones de ropas o telas, entre las que hay que levantar unas para llegar a otras.
CORRUTO.- Este participio adjetivado es un vulgarismo por corrupto. Como se ve, la forma vulgar prescinde de la p ante la t, por una simple tendencia a hacer más fácil la pronunciación y así evitar ese grupo consonántico pt-, que exige cieto esfuerzo en la dicción. El significado que se da a corruto en Mazariegos es el de soberbio, creído, poseído, engreído. Tiene, pues, un significado metafórico, ya que no se usa para referirse a lo que inicialmente significa, que es corrompido, en sentido material.
Corrupto es un cultismo, considerado ahora como participio irregular de corromper, cuya forma participial regular es corrompido. Del corrupto se significó en corruto, siguiendo una tendencia ya normal en el castellano de evitar esos grupos consonánticos, ya que no aparecen en palabras como escrito, del latín scriptum.
Nunca había oído tal palabra hasta familiarizarme con gentes de Mazariegos. Pero tengo noticias de que en pueblos cercanos se usa ese mismo corruto, pero con otro significado. Con corruto se refieren a algo ya muy sabido, muy manido, como pasado de novedad. Concretamente, cuando alguien pretende dar una noticia, un chismorreo, una habladuría, con la intención de primicia, el interlocutor le responderá que eso es ya corruto, si tal novedad ya ha sido muy divulgada, está muy extendida. En este caso, es posible que haya que hablar de un cruce entre corrupto y corrido; cuyos significados y vocablos se amalgaman para la expresión concreta de noticia muy corrida, muy pasada, muy corrompida, no nueva.
Siguiendo esa tendencia a evitar los grupos consonánticos, también he oído en Mazariegos corrución y corrutela ya con sus significados propios y siguiendo la corriente vulgarizante de simplificar sonidos difíciles.
BARAJEAR.- Forma vulgar por barajar, no exclusiva ni siquiera característica de Mazariegos, porque la he oído en muy diversos pueblos y aún en ciertos ambientes urbanos. Pero sí hay que dejar constancia de ella porque intuyo que ha debido de ser bastante corriente en el habla de este pueblo, ya que, sobre todo entre la gente mayor, aún se utiliza con frecuencia. Este vulgarismo de barajear se produce por la epéntesis de una e- ante la terminación verbal ar. Y se produce por la atracción de otros verbos corrientes con final en ear, como pasear, acarrear, pastorear, tantear, etc De todas formas, hay que recordar el significante generalmente extensivo que tienen las formas verbales en ear, es decir, que se refieren a una acción que no se produce en un momento, sino que se prolonga durante algún tiempo; así, pastorear significa cuidar las ovejas continuamente, durante todo el día; acarrear se refería a la faena de una temporada, de transportar mies; pasear también tiene ese significado de acción prolongada, en contra de la acción momentánea que significa pasar, que tiene la misma etimología.
Estos verbos de acción extendida o acumulada han atraído a otros que terminan en ar, pero que en su significado también apuntan acciones de factura progresiva, acumulativa, sostenida. Entonces se produce el fenómeno epentético, es decir, esa aparición irregular de la e- ante ar. Y así se dice barajar, palanquear, canturrear, holgazanear, formas alguna que han sido admitidas académicamente por expresar algo diferente.
Un fenómeno parecido se produce con el verbo cambiar, del que he oído también en Mazariegos la forma vulgar cambear. Cambear sería otra atracción, otra asimilación a las formas en ear; sólo que aquí, en vez de epéntesis, aparición de vocal, lo que ha sucedido, ha sido una desaparición del diptongo, produciéndose una diéresis, es decir, la coexistencia de dos vocales que no forman diptongo sino que cada una pertenece a sílaba distinta.
Lo curioso es que, si barajear se explica porque la acción se prolonga cierto tiempo, no se explica mucho la forma de cambear, que carece de sentido extendido. Pero hay que tener en cuenta que los fenómenos de vulgarización de la lengua se producen inconscientemente, por lo que las reglas a veces se quiebran, fallan o se entrecruzan con otras, originando ultracuriosidades, extrañas derivaciones que se salen de una mecánica más o menos admitida y comprendida.
CAÑIBÚ
O CANIBÚ.- Con este extraño nombre suele denominarse en Mazariegos al pequeño cauce
canalizado del río Valdeginate, en sus zonas más estrechas. También he oído algunas
veces esta palabra para referirse a los albañales descubiertos que existían o existen en
algunos corrales y establos.
Hasta mis habituales contactos con las
gentes de Mazariegos no había oído tal palabra. Me llamó enseguida la atención y, por
más que he rebuscado en diccionarios oficiales o especializados, no he logrado
encontrarla, ni aún por referencias populares. Solamente en un trabajo sobre aportaciones
lexicales del habla de Paredes de Nava, de María Ángeles Helgueras, se recoge esta
palabra, con muy parecidos significados a los de Mazariegos. De este dato podría
deducirse que el vocablo es frecuente en esta zona de Tierra de Campos. Precisamente de
Paredes de Nava la recoge también F. Roberto Regaliza en Vocabulario
Palentino, donde se da al vocablo, como primera acepción, el significado de
sección del fondo de pequeños desagües, para que corra el agua cuando hay poca.
Este significado parece el propio de canibú. De hecho, el río Valdeginate tiene un
ancho encauzamiento de tierra, como un auténtico río caudaloso; pero tiene luego, en su
fondo, una canalización pequeña, hecha de hormigón, por donde discurre normalmente el
agua fuera de los periodos de esporádicas crecidas. A esta pequeña canalización es a la
que se denomina canibú.
Está claro, pues, que canibú es un vocablo no académico, de uso
popular, cuya raíz entronca con canal, porque a una canalización se refiere. Una
canalización hecha precisamente para desecar, para desaguar, que es para lo que se
canalizó en su doble forma el Valdeginate y otros ríos que desembocaban en la Nava.
Más difícil es explicar la
terminación del vocablo, totalmente fuera de toda derivación normal. Por lo que hay que
pensar en un invento popular, con una intencionada carga despectiva. El enorme
cauce abierto para desaguar la laguna, el recuerdo de canales mucho más grandes y la masa
de agua que se intentaba canalizar contrarrestaron, sin duda, con ese canalillo arroyero
de cemento armado, donde se iba a concentrar la corriente normal del río, su fauna y su
flora. Aquello, pues, no era un canal, era una canalización casi ridícula, un simple
canalillo, al que alguien terminó llamando canibú
y, luego por eco de caña, cañibú.
Al respecto, tengo que recordar
que es bastante frecuente que el habla popular recurra a exóticas, rarísimas
terminaciones, para denominar despectivamente a una persona o cosa. Por ejemplo, a un
francés se le llama franchute y a un pianista
piticlín. A una muchacha gachí y un disimulo el paripé.
Recordamos, finalmente, que las
obras de desecación de la Nava concentraron técnicos y mano de obra de diversa
procedencia; y en ese ambiente es muy fácil que se imiten, mal o bien, vocablos raros,
que se inventen otros, y que se hagan furor popular las gracias lingüísticas de algún
imaginativo parlador sin escrúpulos.
CILLA.- Es una palabra correcta, pero muy
poco usada actualmente. Por eso me sorprendió que en Mazariegos se conservase para
denominar el edificio que, efectivamente, fue antigua cilla o panera donde se guardaban los granos de
la recolección de los diezmos.
Cilla viene del latín cella, que significaba también
granero, despensa. De ese mismo origen es la palabra celda, que se atiene a otro
significado de cella, que era cuarto
pequeño, habitación individual.
Así, pues, cilla no es más que
una normal derivación del latín, que se conservó, sobre todo en el estamento religioso.
Por eso, el vocablo cilla ya se circunscribió, desde la Edad Media, sobre todo al
vocabulario eclesiástico. Y cilla se llamó a la despensa de los monasterios y cillero al
monje que cuidaba y administraba la despensa monacal. Y cilla se llamó a la panera que,
en cada pueblo, levantó la iglesia para recoger los granos de los diezmos.
He dicho que en cada pueblo solía
haber una cilla. Y aún se conservan estos edificios en muchísimos lugares. Solo que, al
desaparecer su función en el siglo XIX, estos edificios se destinaron a muy diversos
fines o tuvieron una aplicación muy variada. En algunos sitios, pasaron a ser pósitos;
en muchos cayeron en manos de particulares, con utilidad de panera; en otros se
convirtieron en casas rectorales, es decir viviendas del párroco; y en muchas ocasiones
desparecieron tras su venta o después de una ruina. He visto algunas convertidas en
cocheras y otras terminaron en mesones de magnífico aspecto.
Con estos fines, los edificios de
las cillas suelen denominarse hoy pósitos, graneros, paneronas o casas parroquiales. En
algunos pueblos conservan el nombre de tercias,
porque de ellas se extraía o en ellas se conservaba la tercera parte de los diezmos, que
iba a parar a la fábrica de la iglesia del lugar.
Cuando el poblamiento era
disperso, solía colocarse la cilla en un lugar central del municipio o de la comarca. De
ahí que algunos pueblos conserven el nombre de cilla, porque la panera comunal terminó
dando nombre al lugar. En la provincia de Palencia tenemos el caso de Cillamayor, cuya
explicación toponímica viene dada por esas razones. La cilla de Mazariegos conserva toda
su estructura externa de origen, como gran panera. Puede verse una cimentación sólida,
con zócalo de piedra; unas paredes anchísimas, hechas con un tapial-hormigón muy
consistente; con refuerzos de piedra de sillería en las esquinas y algunos faldones de
las paredes. Tiene, además, la cilla un gran alero muy volado, para preservar al granero
de humedades. La cilla, por ser panera tributaria y por el movimiento de entradas y
salidas que debía tener, era quizá el edificio civil más importante del pueblo, centro
de actividades y popularísimo lugar de referencia. De ahí la grata sorpresa de que en
Mazariegos se conserve el nombre del edificio, plagado de historia inconcreta pero muy
social y humana.
Nota del editor: En la
actualidad, el Ayuntamiento de Mazariegos ha llegado a un acuerdo económico con el
Obispado y ha restaurado el edificio de la cilla, conservando toda su estructura externa.
Dicho edificio acoge las oficinas municipales, la biblioteca pública, el consultorio
médico, los salones parroquiales y las salas de reunión de jubilados y de otras
asociaciones. En definitiva, un edificio de usos múltiples, verdadero centro de actividad
social y punto de encuentro municipal. Un éxito de la corporación que ha logrado una
extraordinaria restauración, siendo el mejor edificio civil de Mazariegos.
RESPADAÑA.-
Es un vulgarismo, por espadaña, que es la
palabra correcta. La espadaña es una planta tifácea, o sea, propia de lugares lacustres,
que tiene hojas semejantes a espadas y un tallo central muy largo, que termina en una
mazorca de superficie aterciopelada, cilíndrica y alargada, semejante a un cigarro puro.
Espadaña, pues, se deriva de espada,
con referencia a la forma de sus hojas. Como también de espada se deriva, por semejanza
de forma, la otra espadaña, con la significación de campanario compuesto por un muro que
remata en punta.
La r- inicial que se añade es una prótesis popular,
seguramente con la intención de significar abundancia, ya que se denomina respadaña más al conjunto de esta planta que a
una sola unidad. El sufijo en -aña es frecuente en los nombres de plantas.
La forma vulgar de respadaña no es genuina de Mazariegos y su
comarca, sino muy corriente en otros lugares y podría decirse que generalmente usada en
el habla popular. Aquí, en Mazariegos, muy usada por abundar esa planta en casi todos los
arroyos y desaguaderos, secuela de la flora de la laguna. A este respecto hay que tener en
cuenta la fácil propagación de esta planta, que crece sobre todo en aguas estancadas y
lugares de humedad permanente.
CHICHURRO.-
Aparte del significado muy general de caldo de matanza y materia prima de morcillas, la
palabra chichurro se utiliza mucho en Mazariegos
como una negación rotunda, y en este significado creo no haberlo oído en otros lugares.
Su uso, en este sentido, es la de una negación reforzada, equivalente a un ni
hablar o de ninguna manera.
El uso de palabras o frases
estrafalarias como negaciones es muy corriente en el habla popular. Se debe esta tendencia
al natural desgaste significativo de las negaciones corrientes, continuamente utilizadas
en el habla. De forma que estas negaciones tan repetidas terminan teniendo en la práctica
poca fuerza negativa. Y entonces, sobre todo si la negación es total, se recurre a
reforzar esa expresión o se echa mano de algún otro vocablo que, si no tiene
significación negante en sí, se lo atribuimos en el contexto de la conversación.
En todas las hablas vulgares se dan estos casos. Y en
castellano podemos decir que en cada lugar se han artificiado negaciones particulares,
además de otras de uso corriente. Recordemos que un naranjas de la China, por
ejemplo, no tiene en sí, al pie de la letra, ningún significado de negación, pero en
nuestra lengua ya todos se lo damos en los contextos conversacionales. Las palabras o
expresiones usadas vulgarmente como negaciones son incalculables. Incluso se utilizan
vocablos malsonantes para reforzar un simple no. Hasta se da la paradoja de
usar afirmaciones, con un rotundo sentido negativo. Todo depende de la entonación que se
dé a la palabra y el significado que ésta tome en el contexto. Un sí puede
afirmar o negar, según la forma en que se pronuncie.
El uso, pues, de chichurro para indicar negación o que
una cosa es mentira, entra dentro de esos trasplantes de significación en el habla
popular. Basta que un día alguien lo utilice para que, por contagio, y más si es una
palabra con cierta euforia o muy singularizada, cunda el uso, que se trasmitirá por
grupos familiares y hasta generalizarse en el pueblo. Esto ha ocurrido con el chichurro de Mazariegos, cuyo uso
parece ir en retirada, al abrirse los modos lingüísticos a formas menos cerradas, más
amplias, con mayor contacto exterior.
CÉMILO-CÉMILA.-
En esta palabra hay que distinguir dos fenómenos: el uso incorrecto del vocablo y su
parcial uso semántico.
Por el fenómeno lingüístico llamado
aféresis, en el vocablo acémila se suprime con cierta frecuencia, en el
habla popular, la a- inicial, pronunciándose, por tanto, cémila. Es una consecuencia del timbre
vacilante de las vocales átonas y sobre todo de las átonas iniciales de palabra.
La palabra acémila procede del árabe zamila y se documenta en castellano desde el siglo
XI. Formas parecidas se conservan en portugués (azemala)
y en catalán (atzembla). Son resultados de
añadir al vocablo original árabe su correspondiente artículo, como ocurre en otros
tantos arabismos.
Ya he insinuado más arriba que el
resultado popular de cémila no es
ni mucho menos exclusivo de Mazariegos, sino que se da por toda nuestra geografía
regional, precisamente por ser un vocablo muy propicio para el fenómeno de aféresis.
Como he detectado en otros lugares,
también en Mazariegos se da la curiosidad de usarse la palabra en su forma correcta y en
la incorrecta. Incluso una misma persona puede llegar a usarlo en las dos
versiones, según para el significado que lo utilice o según la
intencionalidad y estado de ánimo al pronunciarla.
Y aquí llegamos a ese segundo fenómeno
que enunciaba al principio: la palabra acémila significa propiamente mula o macho de
carga. Pero raramente se oirá utilizarla con esa acepción, sino con el significado
figurado de bruto o torpe. Es decir, que el vocablo ha perdido, en el habla popular, su
originalidad semántica, para pasar a tener, casi exclusivamente, un significado
trasladado, como insulto a una persona.
Se da, pues, el caso curioso de que, aún en lugares
donde fueron de uso corriente las mulas y los machos de tiro y de carga, se ha perdido
esta otra palabra para denominarlos. Así, podemos deducir que el vocablo acémila es ya
casi un arcaísmo. Y, si alguna vez se escucha utilizada en su significado propio, no es
por arraigo popular, sino como residuo de un uso aprendido en viejas historias o en
actividades castrenses. Todavía en la milicia, sobre todo en algunos cuerpos, se llaman
acémilas los animales que sirven para el traslado de piezas de artillería, víveres o
utillaje; y acemileros los militares encargados del cuidado y el adiestramiento de estos
animales, mulas o machos. Igualmente, dentro de una organización palaciega, existían los
acemileros o mozos de cuadra, que se dedicaban a cuidar y conducir las acémilas; incluso
existía el cargo de acemilero mayor o jefe de acemileros.
Hay que apuntar también ese extraño
uso de la forma masculina cémilo,
cuando no existe, ni en significado real ni figurado, en el lenguaje académico. La forma
correcta y única es acémila y ahí debía haberse ocasionado, por aféresis, lo de cémila, pero el habla popular rebusca
cualquier posibilidad para dar más expresividad a sus elementos y no se para en normas ni
rigideces académicas.
Para explicar ese masculino invasor hay
que fijarse en el significado casi exclusivamente peyorativo que tiene cémila. Y precisamente esa forma
femenina parece como que tiende a suavizar el insulto, por lo que se recurre a una
lógica forma masculina que agrave la carga insultante. Como además eso de cémila y cémilo se usa mucho entre mujeres,
quizá más que entre el sexo masculino, de ahí que lo de hacer una referencia peyorativa
contra una mujer con un vocablo masculino tenga mucha más fuerza. Recordemos que no es lo
mismo llamar a una mujer tonta que tonto. Ni tendrá la misma
carga significante el aplicarle el apelativo perra que perro.
Y una última consideración sobre cémila o cémilo. He podido distinguir, tanto en
Mazariegos como en otros lugares, que cuando se habla con cierto reposo, con tranquilidad,
se suele usar la forma correcta de acémila. Pero cuando el vocablo se utiliza
con más o menos excitación, con una mayor intencionalidad, como queriendo cargar las
tintas peyorativas, entonces casi siempre se hecha mano de la forma incorrecta y además
masculina, cémilo, que descarga
toda expresividad buscada.
Y es que no olvidemos que el
subconsciente funciona con cierta lógica, que a veces está contra la normalidad lógica,
para hacer usar unos u otros vocablos. Es decir, que un insulto con un vocablo incorrecto
es más insulto. Y por eso el habla popular busca extrañísimas formas, retorcidas,
antinaturales, sonoras, indecentes y hasta blasfemas, para que sea más explosiva la
expresión, aunque sea contra toda norma lingüística y hasta de respeto social.
TRIGUILLÍN.-
Esta forma superdiminutiva de trigo solo la he oído en Mazariegos y de manera muy
generalizada. Lo que no quiere decir que sea exclusiva de la localidad; pero puedo afirmar
que en otros ámbitos conocidos de tradición agrícola no se usó nunca. Se llamaba triguillín al conjunto de los granos
pequeños que desechaban las máquinas de beldar, a través de sus cribas, y que no iban
al muelo, sino que caían a un departamento de la máquina llamado infierno.
Allí iban a parar todas las semillas malas de la bielda, granos minúsculos que no
servían para posteriores siembras ni para harina y que se aprovechaban para comida de
gallinero.
En los ámbitos rurales más conocidos
por mí, a estos granos pequeños se los llamaba simplemente triguillo. Un diminutivo
suficiente para distinguirlo del trigo normal. La forma triguillín, un diminutivo de un
diminutivo, me llamó mucho la atención cuando la oí por primera vez en Mazariegos, pero
luego ya se ha hecho casi familiar, al comprobar que es utilizada muy asiduamente. Incluso
para denominar no ya los granos diminutos de la cosecha, sino hasta para distinguir
cualquier montón de desecho.
Generalmente se dan estas formas
superdiminutivas cuando el uso constante de un diminutivo ha llegado a desgastar su
significado disminuidor; como ocurre también con los aumentativos, que a veces se hacen
tan normales que, cuando en verdad queremos expresar una grandeza, hemos de recurrir a
vocablos desfigurados o a circunloquios exagerativos.
En la zona rural de mi infancia sólo
existía la alternancia de trigo y triguillo, con referencias perfectamente delimitadas al
trigo normal, harinero y de siembra, y al trigo de grano minúsculo, sólo aprovechable
como pienso, es decir para un fin fuera de lo adecuado. Entonces, el hecho de que en
Mazariegos haya surgido el nuevo diminutivo triguillín
hace pensar que tradicionalmente han existido, al menos en la valoración popular, tres
clases de granos: trigo, triguillo y triguillín. Quizá en un loable afán de
distinguir el grano bueno del poco logrado y del definitivamente desterrable para
moliendas y resiembras.
Esto quizá tenga su explicación en la
irregular calidad y composición de los campos del terreno municipal de Mazariegos, con
terrenos sueltos y otros más recios, que necesitaban de especiales cotas de pluviometría
para dar aceptables cosechas. Y que, si les faltaba el agua, apenas si daban triguillos de
mala peluja y mediano grano.
De todas las formas, quede aquí
recogida esta muestra de la inventiva popular, capaz de forzar el idioma con tal de
concretar más sus referencias y para evitar confusiones. Lo cual, aunque suponía una
rebelión sobre cauces académicos, constituía una renovación enriquecedora.
GÜÉTAGO.-
Muy utilizada esta palabra, en la expresión de chorizos de güétago, para referirse a los
chorizos digamos de segunda categoría, hechos con las vísceras del cerdo y con otras
carnosidades menos selectas.
El vocablo correcto es buétago, pero
casi podría afirmarse que nadie en Mazariegos lo pronuncia en su forma académica. Se ha
dado aquí el fenómeno fonético llamado de alternancia de consonantes, en este caso
cambio de la b por la g. Recuérdese que estos cambios
consonánticos son frecuentes en el habla vulgar, caso de agüelo por abuelo; o gomitar por vomitar.
La palabra büétago es un vocablo antiguo, de origen
santanderino, cantábrico, con el significado de bofe, pulmón. Con la forma de buétago
se documenta ya en el siglo XIII. Y con la forma actual en el siglo XIV. El origen de
buétago es incierto y para explicar su derivación habría que pensar en una raíz
romance BOTT- y a una conformación expresiva popular. Recuérdese que de este vocablo,
buétago, se derivan abotagarse, con el sentido de inflarse torpemente, y abotargarse,
aunque en esta última hay un influjo de botarga. Este sufijo romance Bott- tiene
significado de hinchazón, de objeto redondeado, con lo que el significado de buétago
quedaría adaptado a las formas más redondeadas y sin hueso del cerdo, como son el
hígado, el pulmón y el esófago.
Ya he dicho que el origen de la palabra
es cántabro. Pero hay que añadir en seguida que también en Cantabria se utiliza esa
otra forma de güétago, tal como
aparece en escritos y novelas que reflejan el habla popular. No es, pues, ese uso de güétago exclusivo de Mazariegos, sino
que se da casi en toda la provincia, incluso en algunos sitios ya con sentido figurado,
con la equivalencia de pereza o galbana.
Esa procedencia norteña de buétago ha
hecho que se intensifique su uso en comarcas palentinas más al norte. De hecho, en
algunos pueblos del sur de Palencia apenas si se oye el vocablo; y creo que en algunos
lugares es totalmente desconocido. Para referirse a los chorizos de baja calidad, en las
zonas meridionales de nuestra provincia y en la de Valladolid suele decirse chorizos
sabadeños.
TANGANILLO.-
El significado propio de tanganillo es de palo pequeño o piedra que se pone
provisionalmente para sujetar una cosa. En este sentido tiene relación con la tanga o
tanguilla que se usa en el juego del mismo nombre. Pero luego tanganillo tiene otro
significado trasladado que es de longaniza pequeña o chorizo delgado y alargado,
acepción usada en las provincias de Palencia, Valladolid y Segovia.
Está claro que, de un tángano que
significa rama seca o raíz para combustible, se ha llegado al diminutivo de tanganillo,
ese palitroque del que se echa mano para una emergencia. Entonces, una longaniza pequeña,
un choricejo delgaducho, se parece un tanto a un palo pequeño, sobre todo si el embutido
está ya curado y presenta una forma algo retorcida y una superficie irregular.
Como puede verse aquí la imaginación
popular ha trabajado finamente para llegar a un significado figurado, a través de unos
parecidos físicos. El tanganillo como embutido era, y es aún en algunos lugares, una
concesión del ama de casa a la chiquillería familiar. Se hacían algunos tanganillos, ni
chorizos ni longanizas, sino formas intermedias y como infantiles, para que, en su día
los niños fuesen a merendar el tanganillo con sus amigos. En algunos sitios, el
tanganillo se merendaba en carnaval, como una simbólica despedida a las carnes; y en
otros en fiestas tradicionales del pueblo, como San Blas o las Candelas.
Pero lo curioso del caso de Mazariegos
es que generalmente se usa lo de tanganillo con otro significado, también traslaticio,
por semejanzas. Aquí viene a significar porción de mondongo morcillero metido en una
tripa, pero destinado a consumirlo inmediatamente. Tomarse un tanganillo, en la matanza,
viene a ser como beberse-comerse un preparado de morcilla sin curar, en una tripa no tan
ancha. Con este significado sólo lo he encontrado en Mazariegos, aunque quizá también
se use en algún pueblo cercano. De todas formas, en algunas zonas de nuestra provincia lo
de tanganillo no se utiliza ni en una ni en otra acepción.
Es evidente que el significado que
tanganillo tiene en Mazariegos es de invención popular, a través del parecido entre el
embutido de chorizo y el de morcilla. Y hasta yo me atrevería a insinuar que en el
tanganillo morcillero, que más bien se bebe, ha habido una resonancia de la palabra tanque, vasija casera utilizada para tener a
mano el agua de beber. De hecho, en alguna ocasión he podido comprobar que se pronuncia
tancanillo, con seguros ecos del
tanque de comedor.
Parece ser que el uso de trulla y trullar con el
significado de revocar las paredes con una mezcla de barro y paja es exclusivo, o por lo
menos genuino, de Palencia, tal como recoge el D.R.A. Aunque el uso de esta familia de
vocablos es muy diferente en intensidad, según las comarcas de nuestra provincia.
Si trullar es dar ese revestimiento a
las paredes, la acción de quitar el revestimiento sería destrullar. Como desvestir es
quitar el vestido y despeinar es destruir el peinado. Por tanto, la palabra correcta para
referirse a un desconchón de la pared sería destrullón. Y no estrullón, que no tiene ninguna explicación de
composición léxica.
Para explicar este vulgarismo, hay que
recordar que el habla popular adopta estos prefijos en es- en vez del correcto
des- con mucha frecuencia, sin duda por dos razones que a veces se
entremezclan para dar ese resultado de vulgarismo: el ahorro de letras en palabras que
pueden resultar largas, al ser compuestas; y la confusión entre los prefijos
des- y ex, que en muchas ocasiones vienen a significar lo mismo.
Ocurre, entonces, que el vocablo popular se queda a medio camino entre una solución y
otra y ni adopta completo el prefijo des- ni adopta correctamente, es decir
con x-, el prefijo ex.
Así pues, estrullar y estrullón deberían tener las formas
destrullar y destrullón. Pero ha ocurrido lo mismo que en los
casos de estrozar, que sería
destrozar; esmigar por desmigar; o
esmanar por desmanar. Es lo que ya
en otras ocasiones hemos analizado como aféresis, frecuente en una conversación fluida,
que tiende a eliminar sonidos, unas veces con simples letras y otras hasta sílabas
enteras.
Está claro que el significado con que trullo se usa en
Mazariegos es un significado figurado. Algunos autores han creído que el significado de
gordura y torpeza que tiene la palabra trullo se deriva del significado original de pato.
Pero a mí me parece cosa improbable, porque tanta singularidad de gordo puede tener un
pato como un perro, además de que el trullo pato no es precisamente torpe, ya que se
distingue por su destreza para atrapar peces debajo del agua y alimentarse con ellos.
Hay otra razón para pensar que el trullo palentino sea de significante no derivado
del trullo pato. Y es que pocos distinguimos esa especie de patos y desde luego no
pensamos en un pato cuando decimos de una persona que es un trullo.
Empalmando con lo dicho en el anterior
apartado, trullo cogerá su significado humanizado de la trulla, de algo
apelotonado, basto y sin especial calidad. Porque hay que tener en cuenta la carga
despectiva con que suele usarse ese vocablo, que a veces ha cribado sus significantes y se
inclina más por lo torpe, zafio, bruto o insensibilizado que por lo de gordo. Desde
luego, aún suponiendo que el origen de trullo=gordo venga del trullo=pato, hoy no quedan
entre nosotros ni reminiscencias de esa relación, ya que, como apuntaba antes, apenas
alguien sabe que un trullo es un ave palmípeda y, por tanto, difícilmente podrá
entender el significado despreciador con el del pato gordo o flaco, que ésa es otra.
Es decir que, sin negar rotundamente la
original derivación del significado de nuestro trullo del trullo animal, lo que está hoy
claro es que en Mazariegos y en otros muchos lugares se usa ahora mismo con la figuración
significante reflejada en una masa de trulla de barro y paja, en un destrullón informe o
en un desconchón que afea. La forma trullo masculina, utilizada sobretodo para referirse
con desprecio a una mujer, refuerza el significado peyorativo, según ya comentamos en
otro apartado de la serie.
NEVILLAS.-
Desde muy antiguo es el nombre que se da a unos terrenos colindantes con el término de
Villamartín. La forma actual del topónimo no dice nada y por eso hay que buscarle una
explicación lingüística, ya que todos los topónimos tienen un origen y una razón.
Como los terrenos de este pueblo han sido fácilmente inundables, al hallarse en una leve
hondonada, por donde convergen aguas de diversos cauces y arroyos, hay que pensar que la
denominación inicial de los terrenos sería Las Navillas, es decir pequeñas navas, en
comparación con la gran nava o laguna. De hecho, antes de la utilización de los
tractores y del saneamiento de estas tierras, las parcelas de ese pago resultaban muy
pantanosas, se inundaban con frecuencia y en ellas se formaban pequeñas lagunas que
duraban meses en desecarse naturalmente.
El cambio de Navillas por Nevillas
vendría dado por un fenómeno muy corriente en el habla popular que es la cerrazón de
timbre en la vocal pretónica: La a- se ha cerrado en e-. También habría que
pensar en el influjo inconsciente, cierta contaminación fonética, de los vocablos nevar
y nieve, palabras sumamente populares en los medios rurales y muy enlazadas con la
importancia de la meteorología en la agricultura.
Hay que tener en cuenta también el impreciso origen de
la palabra nava, que se da como raíz prerromana, pero con significados un
tanto entrelazados. Nava significaría llanura entre montañas y, consecuentemente, lugar
pantanoso, donde van a parar las aguas de esas alturas. La Nava de Campos se formó
precisamente como laguna por ser terreno hondonado entre progresivas alturas.
Naturalmente, nava terminó siendo sinónimo de laguna para los lugareños. Y por tanto,
una laguna pequeña sería una navilla, que ya decimos que el habla popular
transformó, por normal cierre de timbre de vocal átona, en nevilla.
DESAUGUE.-
La peculiar orografía del término de Mazariegos, con crónicos encharcamientos de sus
tierras en tiempos de abundantes lluvias, hace que se hayan usado mucho los vocablos desaugue y desaugar, utilizados muy
corrientemente por los labradores, en vez de las formas correctas de desagüe
y desaguar.
Se ha dado, en este caso, el fenómeno
lingüístico llamado metátesis, que consiste en la alteración del orden de las letras
de un vocablo. Si este fenómeno es relativamente frecuente en las consonantes, también
se da, en casos más singulares, en las vocales. Aquí, concretamente, la -u-
que forma diptongo en la última sílaba se ha trasladado a la penúltima, formando otro
diptongo distinto.
Como es casi constante en el habla
popular, se da aquí una deformación del vocablo correcto, pero no por pura y sola
mecánica lingüística, sino también por otras poderosas razones ajenas a la correcta o
vulgar transformación de los vocablos. Entonces, para explicar esa metátesis, un tanto
extraña, hay que pensar en el reflejo más o menos consciente del término
desahogo, y su forma verbal desahogar, en las que el hablante pensaba al decir
desaugue y desaugar.
Si las tierras se llenan de agua, suele
decirse que están ahogadas. Y, por tanto, el intentar quitarles esa inundación es
intentar desahogarlas. Pero una cosa que está aguada y se quiere librar del agua, se dice
que se desagua; y el lugar o la forma de quitar esa agua será el desagüe. Hay que
pensar, por tanto, en el desaugar
como una forma híbrida entre el desahogar y el desaguar.
MUY
FINO.- Esta locución, lógicamente, es correcta. Pero me ha llamado mucho la
atención el exclusivo uso de este adjetivo con superlativo, aplicado a múltiples cosas.
Se usa el muy fino con
sentido trasladado, metafórico, lejos de su significación genuina. También este uso es
aceptable, pero, repito, la peculiaridad está en su utilización abusiva. De forma que lo
mismo es muy fino un vestido que un anillo, un zapato que un mueble, una
persona o un alimento. El muy fino tiene, por tanto, las equivalencias de
elegante, artístico, bonito, moderno, educado, gustoso, etc.
Oído por primera o segunda vez, en poco
tiempo, puede pasar lo de muy fino como normal y correcto. Pero, cuando se oye
su aplicación a cualquier cosa que merezca alabanza, ya entra dentro de un vicio del
habla popular. Un vicio por defecto, ya que esa machacona repetición indica una
manifiesta pobreza de vocabulario.
Así, con el muy fino, se
suplen un montón de adjetivos que cuadrarían mejor con la cosa alabada. Se ha
convertido, pues, el muy fino en una especie de comodín, sin mayores
rebuscamientos léxicos. Y esto, naturalmente, termina por desgastar la locución, de
forma que, además de esa carencia de un vocabulario rico, puede inducir a sospecha de
simple cumplimiento, sin mucho convencimiento laudatorio en el que se usa el muy
fino para casi todo y casi sin alternativa.
He podido comprobar el uso de muy
fino en Mazariegos con abusiva insistencia. Y desconozco si también se usa en otros
lugares con tanta frecuencia, ya que para comprobarlo paladinamente habría que convivir
un cierto tiempo.
Finalmente, hay que decir que ha habido
cierto ingenio en la adopción de esta adjetivación, que, de golpe, resulta elegante y
halagadora. Por otra parte, he podido comprobar que su uso se ha generalizado en ciertos
grupos familiares y sociales por contagio. Un contagio venido de la misma elegancia y de
su comodidad. Dices muy fino y ya está dicho todo. Hasta que lo dices tanto
que parece que ya no dices nada.
TUTERO.-
No aparece este vocablo en los diccionarios oficiales; por tanto es de pura invención
popular. El adjetivo tutero se usa
con el significado, sobre todo, de goloso, aunque también puede tener otras acepciones,
como entrometido, dicharachero o murmurador. Incluso se utiliza para referirse a la
persona que come o pica con frecuencia, que no se resiste a probar cualquier
manjar que se le presente, manjares, en este caso, no necesariamente dulces.
Lo de tutero lo he oído con frecuencia en Mazariegos, pero
no es palabra exclusiva de la localidad. Se dice en otros muchos pueblos de la provincia,
sobre todo en Tierra de Campos, pero no lo he oído nunca en la zona sur de Palencia.
El vocablo, ya he dicho, es de
acuñación popular. Y, en principio, el adjetivo debía aplicarse a la persona que juega
mucho al tute, según su derivación. Sin embargo ese significado de goloso lo ha debido
adquirir a través de un complicado sistema de parecidos-comparaciones. Hay que pensar en
el tute como un juego repetitivo de cánticos y de arrastres; y esa ansiada repetición
puede ser el significado trasladado para aplicarlo al goloso, que come abundantes dulces o
que menudea entre comidillas y probaturas. Y no hay que descartar la posible influencia
del verbo tutear, tratar de tú, es decir tener una conversación más confiada, más
fluida, más de menudencias, lo que nos puede llevar también al significado de tutero.
Nota final.- Dice el autor, Gonzalo Ortega Aragón, en un resumen de estos dichos, que publica en Datos históricos de Mazariegos, libro editado por el Ayuntamiento de Mazariegos, con motivo de la modificación del escudo y creación de la bandera local: Que el habla popular de los pequeños núcleos rurales ha estado tradicionalmente plagada de incorrecciones fonéticas, sintácticas y morfológicas, debido a los escasos niveles culturales de sus gentes, a la transmisión y uso del lenguaje casi exclusivamente de forma oral y al aislamiento de las poblaciones. Así se fue consolidando un cuerpo lingüístico más o menos zonal, influido por diversas características sociales, e incluso un contingente de usos locales. Estos vicios del habla popular se han ido corrigiendo con una cultura más elevada y con facilidad de acceso a los medios de comunicación, de forma que las referencias aquí recogidas no reflejan el estado actual del lenguaje del pueblo, sino que aluden a los usos tradicionales hasta avanzada la segunda mitad del siglo XX, época del final del ruralismo a ultranza.