APUNTES HISTÓRICOS DE MAZARIEGOS

José María Ruiz Ortega

SIGLO X: ORIGEN DE LA VILLA

    El nombre de la villa hace pensar a los estudiosos de la toponimia que toma su nombre de su primitivo repoblador mozárabe, "Mazarefos". Ya en el siglo X se cita un "Castro de Mazarefos". En las cercanías de la actual ubicación del casco urbano, en varios lugares en el entorno de la antigua Laguna de la Nava, se han encontrado restos abundantes de asentamientos vacceos anteriores y posteriores. Por los restos arqueológicos, no sólo se asentaron poblados medievales (pago de los Cerquijos y Maladones), sino que hasta estas zonas lacustres llegaron pobladores de edades prehistóricas y protohistóricas. De los vestigios de estos asentamientos, nos hace pensar en poblaciones más o menos nómadas en las partes dominantes de la laguna -lo que se denominó en otro tiempo "el sendero de los frailes"-, una ligerísima loma que bordea las tierras bajas de la Nava, de este a oeste hacia el caserío de Padilla. Estas poblaciones ribereñas de la laguna, debieron ser autóctonas, por el hecho de la organización y regularidad de las necrópolis, aunque en número reducido de componentes.

    Los pueblos primitivos buscaban zonas de abundantes frutos, aguas y elementos naturales de defensa. Aquí, en los entornos de la laguna, se ofrecen algunos de estos elementos: refugio entre la maleza y pequeños islotes, caza de anátidas, pesca y pastos para control de algunos rumiantes. Como consecuencia de nivelaciones en los regadíos y la ruptura con subsoladores aparecieron, cercanos a los enterramientos, cenizas, baldosas gruesas y muy rudimentarias, huesos de animales, de ovinos y aves, junto con trozos de vasijas muy toscas. Aquí no hay indicios de que los asentamientos cercanos a la laguna fueran aprovechados por asentamientos sucesivos, lo que demuestra que fueron distintas culturas que rompieron con las formas de vida de las anteriores

    Al otro lado del pueblo, por el poniente, muy cerca de la villa, en una zona totalmente ocupada por viñas que desaparecieron a principio del siglo XX, situamos el despoblado de Maladones, perteneciente al concejo de Mazariegos y del que se tienen pocas referencias dignas de mención. Las condiciones geológicas y agronómicas de Mazariegos, ponen en evidencia que el asentamiento como población, se sitúa cuando el hombre comienza a explotar el ganado y el suelo. La proximidad a Palencia, capital de los vacceos, hace pensar que nuestra historia como pueblo estuvo siempre ligada a la Pallantia romana hasta que la llegada de los bárbaros, arrasó todo resto de cultura y estas tierras quedaron abandonadas y dedicadas parcialmente al pastoreo.

    Ante la ausencia de restos de ese periodo tranquilo de la historia de los godos en Palencia, se vuelve de nuevo a la violencia y la destrucción de los árabes en el siglo VIII. Parece lógico pensar que los tranquilos habitantes asentados en los entornos de la laguna, fueran de nuevo agredidos y puestos en desbandada al paso destructivo de Muza desde Palencia hasta que encontró una tenaz resistencia en el fuerte de Barú, en las cercanías de Villabaruz.

Tras estos siglos oscuros de la historia de Mazariegos y de la Tierra de Campos, se abren de aquí en adelante con testimonios, algunos escritos y otros muchos monumentales, de castillos, fortalezas, templos, ermitas y monasterios.

AÑO 1128: CARTA PUEBLA

    Documentalmente se tiene conocimiento de la existencia del  Concejo de Mazariegos, en las Cartas Pueblas y Forales de Alfonso VII "el Emperador" en el año 1128. La villa está bajo el señorío del Obispo de Palencia, Raimundo I (1240-1254) que se ratifica en los privilegios concedidos por el Rey el 12 de septiembre de 1179. Dichas prerrogativas consistían en:

  1. Se garantiza la inmunidad civil de los vecinos frente al Obispo palentino, concejo de la ciudad y de su alfoz, así como de cualquier otra persona o jurisdicción.

  2. Se exime a los vecinos de cualquier demanda o negocio no instado por el Obispo.

  3. Ningún vecino puede gozar del fuero de Infanzón, todos sus habitantes deben tener idéntico fuero.

  4. Se dan normas concretas de votación del término, para prohibir la entrada de merino o sayón, tanto del Rey como de cualquier otra persona.

    En el archivo histórico del Ayuntamiento de Mazariegos, se conserva un documento, en letra palaciega del siglo XVI, con el sello de Fernando III el Santo, en el que los Reyes Católicos ratifican otro anterior que dice: "he encontrado un privilegio de mi Ilustrísimo abuelo el Rey Alfonso cuyo tenor era... mantener lo ordenado por sus antecesores... Por ello, yo Alfonso por la gracia de Dios... con mi esposa Leonor, y afección a Raimundo, Obispo palentino, mi tío... promulgo esta carta de confirmación...etc." Está escrito en pergamino de cuero y sellado con su sello de plomo pendiente en hilos de seda. Documentalmente, los reyes, confirman este privilegio concedido a los pequeños propietarios asentados en una aldea o "vico", generalmente en zonas secas cercanas a donde encontraban agua, o en anteriores asentamientos romanos o godos devastados con la Reconquista. De esta forma facilitaban la repoblación de estas tierras, carentes de defensas naturales. En el año 1620, Felipe III manda que no se vuelvan a escribir todos los textos de los anteriores monarcas, por el gasto de pergamino y pérdida de tiempo, que se cosan unos a otros y al final se confirme lo anterior.

1511 - 1550: CASI CUARENTA AÑOS DE PLEITO CON EL OBISPO DE PALENCIA

            El obispado de Palencia tenía jurisdicción sobre Mazariegos, Villamartín, Grijota, Santa Cecilia, Villamuriel, Magaz, Villalobón, Villajimena, Palacios del Alcor y Torremormojón. El obispo, don Luis Cabeza de Vaca, manda bajar piedra del páramo para construir el puente de Villamuriel, imponiendo penas pecuniarias a las personas que se negaran a transportar las carretadas de piedra que correspondían a cada pueblo, repartidas entre los vecinos.

            El documento, de obligado cumplimiento, fechado el 20 de abril de 1511, fue publicado y notificado a los concejos de las villas citadas. Parece ser que los vecinos no se tomaron muy en serio las amenazas de su señor y a nadie le apetecía poner sus huebras a trabajar, gratuitamente, para construir un puente sobre el río Carrión, que de hecho no tenía alicientes y sólo beneficiaría al Sr. Obispo (su residencia de verano) y a los vecinos de Villamuriel.

            Así las cosas, el 10 de mayo del mismo año, en vista de que muchos se niegan a transportar piedra, incurren en sanciones y decide ejecutar las multas. En la plaza de Magaz pregonan la venta en subasta de un par de mulas de Mazariegos, otros de Villamartín, Grijota, Palacios del Alcor y Torremormojón. Así comienza un largo contencioso de apelaciones ante el Obispo, solicitando estos pueblos la revocación del mandamiento del prelado, por medio de sus correspondientes apoderados.

            El señor Obispo continúa firme en la ejecución de las sanciones a los insumisos. Todas la villas se unen, nombrando apoderado general al procurador Juan López de Arsieta, que manda un escrito de descargo pidiendo la devolución de los pares de mulas y la libertad de Hernán Morate, vecino de Mazariegos, prendido por las justicias tras negarse a transportar piedra para la construcción del citado puente. De nuevo, la negativa del Obispo se comunica a los afectados, a quien se les señala como alternativa depositar prendas ante el Corregidor de Palencia.

            Transcurre el tiempo entre demandas y negativas y la primera sentencia de Alfonso de Alarcón, dice que "después de oír por testigos a los más ancianos", nunca los pueblos pagaron velas o maravedíes para las fortalezas de Magaz y Villamuriel. Debiendo dar una o dos velas (como siempre han hecho) los vecinos de Magaz para guardar su pueblo y castillo; los de Villamuriel hacerlo con el suyo, a no ser en tiempo de guerra o algarada que todas las villas están obligadas a prestar servicios.

            Como el Sr. Obispo pide la revocación de la sentencia, se produce otra en la que se absuelve a los pueblos de llevar piedra y se manda que el Obispo indemnice a las villas los perjuicios que les originase cumplir sus mandatos. De nuevo, el Obispo pide la revocación de la sentencia  y los pueblos mandan escritos oponiéndose a lo pedido por el prelado. Se confirma la sentencia anterior, pero se absuelve al Sr. Obispo de pagar las costas. Así se suceden escritos de restitución, y otros de indefensión. Un auto de la Chancillería de Valladolid claramente dice: "no ha lugar a lo pedido por el Obispo".

            La sentencia definitiva dada en Valladolid el 12 de septiembre de 1550, manda que el Alcalde mayor del Obispo de Palencia "no pueda contender en las apelaciones hechas por las villas en localidades diferentes de las que ahora se alzan del mandato del prelado". De esta manera, el 29 de noviembre de 1550, la Chancillería envía mandamientos ordenando ejecutar lo contenido en la sentencia a favor de Mazariegos y las otras villas afectadas por el mandato episcopal de transportar piedra.

            Los vecinos de Mazariegos tuvieron que esperar treinta y nueve años y medio para que se hiciera justicia en este largo pleito, que con tanto tesón defendieron nuestros antepasados, en unos tiempos bastante revueltos, finalizada la Edad Media.   

 

1521: LA GUERRA DE LAS COMUNIDADES

            En una villa como Mazariegos, con entera dedicación a la agricultura y a la ganadería de ovino y cría de caballos, la explotación de la tierra estaba en manos de renteros, pequeños propietarios rurales y jornaleros. Eran años de encarecimiento de la vida y, en el medio rural, era muy dura para todos los integrantes. Los paleoclimáticos hablan de una tendencia al empeoramiento de las condiciones atmosféricas, propias de la meseta, desde mediados del siglo XVI. Períodos de sequías alternan con años de muchas lluvias, la falta de almacenamiento, carencia de aperos y la baja productividad dejaban al campesino a merced de su estrella.

            A esta difícil situación, hay que agregar que el asfixiante sistema fiscal recaía enteramente sobre el campesinado que, en épocas de malas cosechas, por causa de los excesivos impuestos tenían que enajenar yuntas y aperos de labranza. Se suman a estos males, las "fiebres terciarias", tan frecuentes en Mazariegos por su carácter ribereño de la laguna de la Nava, y la peste que apareció en estos lugares después de unos años de malas cosechas.

            Mazariegos, villa del obispado de Palencia, vivía en aquel año 1520 un ambiente encrespado, durante el conflicto de las comunidades que apoyaba al movimiento revolucionario sin demasiado entusiasmo. La villa no era una plaza importante y, por tanto, estaba desprovista de fortificaciones. Durante el invierno y la primavera del año 1521, el Arzobispo de Zamora, don Antonio Acuña, jefe de los comuneros, acepta la mitra de Palencia. En el avance de las tropas que manda el Obispo Acuña, Mazariegos es saqueada y se apodera de Becerril de Campos, en un intento de cortar los suministros de tropas del Condestable desde Burgos. Entre tanto, Juan Padilla, se apodera de Torre de Mormojón, tras la conquista de Ampudia.

            El 25 de marzo de 1521, se "recauda" en Mazariegos dineros, víveres y soldados para la guerra; ya con anterioridad había sufrido derramas entre el vecindario, ordenadas por el cabildo para la defensa de Palencia. El día 27 de marzo, Juan Mendoza ordena una cédula de contribución de guerra, que aumenta las miserias de estas empobrecidas villas.

            El 15 de abril de 1521, las fuerzas reales del Condestable, después de algunas escaramuzas, acampan entre Mazariegos y Becerril, poniendo cerco a esta última, que finalmente es saqueada. Desde ahí hasta el 23 de abril, las tropas comuneras fueron retrocediendo hasta la final derrota en Villalar.

 

1534: SÍNODO DIOCESANO EN MAZARIEGOS

            Un episodio histórico y curioso de la villa es la convocatoria de un Sínodo Diocesano en Mazariegos por el Obispo de Palencia, don Francisco de Mendoza que había regido las diócesis de Oviedo y Zamora. A sólo un mes de su toma de posesión, a últimos del mes de noviembre del año 1534, a Mazariegos debieron venir todos los párrocos y arciprestes de la diócesis palentina, entonces muy extensa, que ya tenía problemas con la expansión de la vecina diócesis de Valladolid. Todo hace suponer que la Iglesia de  Mazariegos gozaba de suficiente infraestructura para este fin.

            Este obispo descendía de familias nobles. Era hijo de don Diego Fernández de Córdoba, conde de Cabra y Señor de Baena, y nieto del duque del Infantado. De su madre heredó el apellido Mendoza. Por lo que conocemos del Arcediano de Alcor en la "Silva Palentina", no era don Francisco de Mendoza un obispo de monotonías y relajaciones. Porque, a los pocos días de su toma de posesión, ya asistió al cabildo, con unos nuevos estatutos en la mano que entregó a los capitulares, advirtiéndoles de las buenas formas en el coro, en las procesiones, en el vestir, en sus casas y hasta en el corte del pelo y de la barba.

            Los clérigos que acudieron a Mazariegos creyeron que aquel Sínodo diocesano no sería más que una junta con los administradores del obispo, para recibir lo que se denominaba el "Capello", una especie de donativo más o menos instituido con el que los curas de la diócesis agasajaban o ayudaban a los prelados cuando tomaban posesión. El regalo acostumbrado era de 2.000 ducados, una cantidad de cierta importancia que debían de recaudar proporcionalmente entre los vicarios, según la rentabilidad de sus parroquias. Pero los curas reunidos en Mazariegos se llevaron una gran sorpresa, ya que hasta esta villa llegó el obispo don Francisco Mendoza, y su revolucionaria actuación fue anular el "Capello". Les dijo que quedaban libres de aquel tributo y no recibiría ni un maravedí de regalo. El Obispo había acudido para conocerles y tomar contacto directo con ellos. Les animó a mejorar moralmente sus vidas y a que en todo momento desempeñasen dignamente su ministerio, comportándose como fieles eclesiásticos.

            Poco les duró este obispo a los palentinos, pues, al año y medio de su obispado, falleció en Madrid, donde había ido a visitar a la emperatriz doña Isabel, de cuyo Consejo era presidente el Obispo de Palencia, don Francisco de Mendoza.

 

SIGLOS XVI Y XVII: VILLA DE REALENGO

    El poderío de los obispos palentinos sobre la villa de Mazariegos se ve ennegrecido cuando Felipe II, a pesar de tener un grandioso imperio, necesitó dinero para poder demostrar a Inglaterra que España era "Invencible". Para ello secularizó, en 1580, muchos de los pueblos donados a la Iglesia, por bula autorizadora del Papa Gregorio XIII, vendiéndolos a continuación. Uno de ellos fue Mazariegos y la villa se compra a sí misma, pasando a ser de realengo, para evitar que el señorío eclesiástico pasase a manos civiles, lo que seguramente hubiese sido una solución peor por el prepotente patriarcado ejercido por la nobleza de la época.

    En los siglos XVI y XVII, a juzgar por la suma de dineros aportados por Mazariegos, nos hace suponer que debió ser villa de gentes solventes, cuya capacidad económica les permitía pagar fuertes impuestos, mantener dos parroquias perfectamente decoradas -al igual que sus cuatro ermitas (Cristo del Humilladero, Santa Cecilia, Santo Tomás y Santa Ana)-, el hospital de San Sebastián y a catorce clérigos. En carta de repoblación se señaló las rentas que debían pagar al Rey y al Señor (obispo de Palencia):

    Pero, con el paso de los años, a éstos  se sumaron otros, sin contar las partidas extraordinarias. Así conocemos algunos como:

 

1562 - 1628: JUAN MARTÍNEZ DE CASTRO Y SU OBRA PÍA

            Juan Martínez de Castro nació en Mazariegos a mediados de mayo del año 1562, fue bautizado por el cura don Pedro Antón, en la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción de esta villa el día 24 de mayo de 1562 y es hijo de Hernán Martínez y Toribia de Castro. Según el Libro primero de bautizados de esta parroquia (1533-1563), fueron sus padrinos sus tíos Antonio Martínez y la mujer de Francisco, Francisca; como testigos firman el acta de bautismo, Francisco Tejada y su criado Diego Alario.

            Poco sabemos de su infancia y juventud, pero es muy posible que perteneciera a una familia de pequeños propietarios, dedicada a la agricultura, y, como muchos jóvenes de aquella época, decidiera buscar mejor fortuna y porvenir lanzándose a la aventura de la conquista del Nuevo Mundo. Hay que considerar que Mazariegos, como muchas villas de Castilla en aquellos años, estaban sufriendo una gran recesión económica por la política exterior de Felipe II. No hay documentos que justifiquen la estancia en América de Juan Martínez de Castro, pero en su testamento y en el testimonio de los testigos de su fallecimiento se refieren a él como "indiano". Según la definición del D.R.A., indiano: se aplica al individuo naturalizado en América, que vuelve rico de los países lejanos. Esto último está perfectamente documentado en su testamento, al autorizar a sus albaceas a que "reciban y cobren las partidas de oro, plata y cualesquier deudas en dineros u otras cosas que me debieren y que vinieren de las Indias".

            Avecindado en Sevilla, en la parroquia de la Magdalena, se dedica a traficar con oro, plata y piedras preciosas, llegando a formar una cuantiosa fortuna de la que hace heredero universal a su sobrino Francisco Escribano, hijo de su hermana Catalina Martínez y que vivió con él en Sevilla.

            Este indiano, nacido en Mazariegos, no olvida su pueblo y sus familiares; soltero y sin descendientes directos, instituye en su testamento una serie de obras pías en beneficio de la villa donde nació. Otorgó el testamento en la ciudad de Sevilla ante Alonso de Alarcón, escribano público de la misma, el día 14 de agosto del año 1628, que testimonia con testigos que conocen la voluntad del testador "que estando enfermo del cuerpo y sano de la voluntad y en su libre juicio y entendimiento natural, me dio y presentó esta escritura cerrada y sellada, la cual dijo que es su testamento y última voluntad". Es un documento donde no se olvida ningún detalle legal; en resumen contiene:

            Comienza su testamento reafirmándose en los misterios de la fe, como católico cristiano, deseando salvar su alma y encomendando su alma a Dios. Manda ser enterrado en la parroquia de la Magdalena de Sevilla y ordena el pago de la sepultura. Manda a sus albaceas que se digan tres mil misas, "a los cuales encomiendo que sea con la mayor brevedad..."  Cincuenta ducados a los pobres, cuatro bulas de difuntos, cincuenta ducados a su criada, Anastasia de Arenillas, "además de lo que se la deba de su salario".

            Nombra patronos de la fundación a su sobrino Francisco Escribano y sus descendiente naturales, al cura de la parroquia y al alcalde más antiguo de dicha villa de Mazariegos para administrar la dote para el casamiento de doncellas del pueblo. También de un préstamo sin intereses a los labradores pobres: "que se tomen quinientos ducados por una vez y compren de trigo a la cosecha y haya un pósito para ello en las casas del concejo...y vaya prestándose a los labradores pobres obligándose los que así lo recibieren y dando fianzas de volverlo en grano a dicho pósito...y se vuelva a prestar..". Al otro sobrino, Juan Escribano le manda "mil ducados por una vez que son once mil reales, y se le paguen de mis bienes".

            Todo parece indicar que Juan Martínez de Castro era conocedor o licenciado en leyes pues no se le pasa ni un detalle legal en sus fundaciones, mandas, mayorazgo, etc. Por ejemplo, manda que se compren con sus bienes cincuenta ducados de renta en cada año y se distribuyan: diez ducados de renta anual para el aceite de la lámpara de su capilla, otros diez para ornamentos, y los treinta ducados para repartir entre los tres patronos, a diez ducados cada uno. También señala la asignación a sus albaceas a los que concede poder "cumplido y bastante como de derecho se requiere"  para cumplir el testamento, reciban, cobren y reclamen deudas de todos sus bienes. Manda comprar una caja fuerte, con tres llaves, para poner el dinero de las dotaciones y capellanías.

            Parece ser que deposita su confianza en el que debió ser muy buen amigo en vida, Antonio de Artaza, al que nombra albacea. En el testamento, "aparta de todo lo que pudiera corresponder al que diere pleito", dando autoridad a su albacea para interpretar el testamento y sin contemplaciones el que reclame quede apartado de sus beneficios.

 

1739: LA ENAGUADA

            Con este nombre se conoce la celebración de un Voto de Villa, para dar gracias ante una grave inundación que padeció esta villa de Mazariegos en 1739 y que no tuvo que lamentar desgracias personales, aunque fueron cuantiosos los daños materiales que sufrieron los vecinos. El acto consistía en una misa solemne, con asistencia de autoridades locales y una procesión con la Virgen del Rosario, antes de la misa.

            De entonces tenemos el testimonio escrito por el párroco de Nuestra Señora de la Asunción, don Gaspar de Cea Martín que donó, junto a sus padres, un retablo en la citada iglesia. Don Gaspar era abogado de las Reales Chancillerías de Valladolid, opositor de los estudios de Cánones y Leyes de la Universidad, provisor y vicario del Obispado de Oviedo, en la vicaría de San Millán, cura y beneficiado de preste de esta parroquia desde el año 1737 a 1745. Sus restos mortales reposan en esta iglesia, en la Capilla Mayor, bajo la lámpara del Santísimo, desde el día 13 de abril de 1764.

            Mucho tuvo que llover y verse en peligro, pues este cura dejó escrito: "El día 5 de diciembre de 1739, a causa de las copiosas avenidas de aguas, se vio esta villa y vecinos en el mayor conflicto y peligro cual jamás conocieron y en tanto grado que la mayor parte de ellos desampararon sus casas y haciendas y se refugiaron en la villa de Revilla; y los pocos que por impedidos se quedaron con el cura en la villa, se acogieron a la iglesia a deprecar y clamar a la infinita clemencia de Dios, poniendo por intercesora a María Nuestra Señora y por intercesión de tan poderosa Patrona y Abogada fue S.D.M. servido librarles de tanto horror y tribulación".

            El Voto de Villa de la Enaguada, fue admitido y aprobado por el Obispo de la diócesis don José Morales Blanco (1741-1745), en decreto firmado en la villa de Carrión de los Condes el 20 de noviembre de 1742. El voto lo habían formulado diputados de este pueblo, avalado y presentado al citado cura de Mazariegos.

            Las inundaciones eran frecuentes en estas tierras pantanosas, y más teniendo en cuenta la situación de Mazariegos respecto a la Laguna de la Nava y la confluencia de aguas desde todas las vertientes hacia esta villa. Con frecuencia perdían las cosechas y la necesidad aguijoneaba a los vecinos. En el año 1621, el visitador episcopal afirma que hay mucha gente necesitada en esta villa y ordenaba a la cofradía de San Roque: "fuera una regla de ella, pedir todos los sábados el mayordomo, por los pobres y que se guarde en la iglesia".

 

1912:  EL ALCALDE HABLA CON EL REY ALFONSO XIII EN MAZARIEGOS

            Mazariegos tuvo su estación del Ferrocarril Secundario de Castilla, que enlazaba con Palencia muchas localidades de Campos en este tramo hasta Villalón. El día 1 de julio de 1912 fue una fecha histórica para Mazariegos, con motivo de la solemne inauguración de este tramo, primero de esta nueva red ferroviaria de vía estrecha.

            El Rey don Alfonso XIII llegó esa mañana a Palencia, recibiendo un multitudinario recibimiento en la Estación del Norte, desde donde pasó a la Estación del Secundario y asistió a la bendición de las vías por el canónigo don Eusebio de Cea. Inmediatamente, el Rey, con algunos ministros y altas personalidades, se instaló en un vagón-salón para iniciar el viaje inaugural del nuevo ferrocarril. Alfonso XIII saludó a los pueblos de Villamartín, Mazariegos, Baquerín, Castromocho, Villarramiel y Villafrades, hasta celebrar una rápida comida en Villalón, desde donde volvió a Palencia sin detenerse en ninguna estación, y a las cinco regresó de nuevo a Madrid.

            No era fácil, en esa época, que un alcalde de una pequeña villa mantuviese una conversación con el mismo Rey y precisamente en su pueblo. Tal ocurrió en Mazariegos aquel 1 de julio de 1912, donde se produjo la conversación más prolongada, sustancial y concreta del Rey con un alcalde, teniendo en cuenta lo estricto del protocolo y las prisas de un viaje que apenas había comenzado. Era entonces alcalde de Mazariegos don Bonifacio Primo, a quien Alfonso XIII preguntó por la cosecha cerealista del año, ya que se estaban realizando las faenas de la recolección.

            Como si el saludo y la pregunta del Rey le hubiesen dado toda confianza, don Bonifacio Primo no se anduvo por las ramas ni con protocolos y le soltó a su Majestad una respuesta valiente y granada de reivindicaciones. Le dijo al Rey que la cosecha era muy mala y que no compensaba el enorme trabajo de un año entregado a las faenas del campo; que la situación se agravaba porque el precio del trigo era de miseria, y que la agricultura no podía ser así muy rentable. Y todavía aprovechó el Sr. Primo para recordar al Monarca el secular problema de la laguna de la Nava, que ocupaba enormes terrenos improductivos y ocasionaba frecuentes inundaciones y un permanente desasosiego para los labradores del pueblo.

            Este ferrocarril de vía estrecha, el popular "Tren burra", esa estampa curiosa y familiar de esta zona de Campos, dejó de prestar su servicio el día 11 de julio de 1969; habían pasado 57 años y diez días desde su inauguración, cuando el alcalde de Mazariegos Bonifacio Primo, tuvo una valiente y realista conversación con el Rey Alfonso XIII. Hoy, los restos de los edificios del Secundario son unos fósiles que recuerdan otra época en la que se apostó por el desarrollo comercial de estos pueblos, ganando la carretera y el automóvil a la vía de hierro en la opción de la comunicación de mercancías y viajeros, en detrimento del transporte público.